jueves, 4 de diciembre de 2014

La decadencia de una raza

Me encuentro a 35.000 pies sobrevolando Washington, algo que viene siendo demasiado habitual, pero con una simple diferencia, esta vez, he sustituido redactar informes, leer un buen libro o echar una cabezadita por cumplir uno de los deseos que mi esposo me pidió días atrás.

-Por qué no escribes? Hace mucho que no lo haces y te ayuda a reencontrarte contigo misma.

Haciendo eco de sus palabras y confesando que tenia mas razón que un santo (cosa que me irrita cada vez que sucede) aquí estoy tras año y medio de silencio, retomando uno de mis hobbies y satisfaciendo una de sus peticiones. Se que es incondicionalmente el fan numero 1 de este blog. 

En mis  momentos de reflexión,  llevo gestando un pensamiento desde hace varios meses, un pensamiento que pesa sobre mi conciencia, un pensamiento que podría resumir como la decadencia de una raza. Nuestra raza. 

Tras el éxito social que exploto por 2009 cuando Facebook dio el salto al éxito en su punto mas álgido, y tras previos fracasos como Myspace, Hi5 o similares, podemos afirmar que hubo un antes y un después en el mundo globalizado que existe dentro de este cibernético estilo de vida que llevamos, culminando a fecha de hoy con Instagram o Twiter. Se han llegado a ver todo tipo de videos de manera natural por la red donde vemos gente inmortalizando sus desvaríos fuera de lo común, pero que traen mucho morbo y se convierten en un social trading mas allá de lo que llamamos decencia. 

En los tiempos en los que vivimos, todo vale.

Seres humanos, aunque yo los etiquetaría como seres animales, graban mientras maltratan niños, asedian mascotas, contemplan con mórbido silencio seres humanos agonizando por  ayuda mientras continúan grabando por diversión o simplemente por capturar el momento que les harán ser los mas vistos en Youtube. Es preferible conseguir la mejor escena para compartirla, que plantarle cara a la justicia en ese mismo momento evitando así el sufrimiento instantáneo, aunque eso suponga no tener inmortalizada la escena. 

¿En que se esta convirtiendo la raza humana?

Ya no entendemos de respeto, la lealtad ha quedado en el olvido,  se ha esfumado la fidelidad. No me refiero exclusivamente a la infidelidad en la pareja (que también las hay, a montones), sino que al que un día llamábamos amigo, hoy ya no lo es. Al que ayer jurábamos amor eterno, hoy ya no existe tal sentimiento. Al que ayer predicaba desde un pulpito, hoy esta perdido envuelto por el pecado. En mi memoria revolotean versículos como el de Marcos 13:12, “Y entregará á la muerte el hermano al hermano, y el padre al hijo: y se levantarán los hijos contra los padres, y los matarán” y es que es así la sociedad en la que nos encontramos, que uno ya no puede confiar ni en nada ni en nadie.

Todo falla.

Es cierto que muchas veces nos convertimos en victimas de las circunstancias, alegando a estas como las razones para justificar nuestros cambios de rumbo, pero al final a todo cerdo le llega su San Martin. Hoy nos duele hacer lo éticamente correcto, mañana nos dolerá menos y llegara un punto que tendremos justificaciones que hablaran mas alto que nuestro discernimiento. Las personas cambiamos, eso es cierto. Cambiamos hasta tal punto que dejamos de ser completamente los que un día fuimos, para abandonarnos hasta tal punto, que nuestra conciencia ya no nos pesa lo mas mínimo, justificando que lo único que importa es la felicidad de cada uno.
Pero lo paradójico de todo este circo es, que aun así, no somos felices.

Buscamos la felicidad egoístamente alegando la importancia de estar bien con uno mismo para poder estar bien con los demás. Y nos convertimos en maquinas ególatras que realmente lo único que nos importa es el yo, el yo y el yo. Lo cierto es, que en este caso, el orden de los factores SI altera el producto, y es que para estar bien con uno mismo, lo primero deben ser los demás. Faltamos a nuestras obligaciones, nos dejamos llevar por nuestros deseos, somos desleales a nuestras promesas y alimentamos con nuestras decisiones diarias la sociedad del narcisismo llevado al extremo.

Ya lo decía Teresa de Calcuta, “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. Aprendamos a no vanagloriarnos, a recapacitar que estamos haciendo con nuestras acciones y hacia donde vamos dirigidos y tras una pequeña pausa, coge aire, encuéntrate con nuestro Padre y recibe sus promesas como un día las aceptaste, pues entonces será cuando escuches su voz diciéndote:  “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré: entra en el gozo de tu señor”. Mateo 25:23