jueves, 17 de mayo de 2012

Aquellas tardes de verano...



Siempre fue un día especial. A pesar de que distaban seis años desde que le perdí la pista, siempre que llegaba un 9 de mayo, me acordaba de ella. Un año más cumplía y, solo por eso, resaltaba tal día en mi calendario. Siempre guardamos en nuestra memoria fechas, lugares e incluso teléfonos de gente que ha impactado en nuestras vidas y ese día era un dato grabado a fuego intenso, no solo en mi vida sino también en mi corazón.
Lanzada por la impulsividad que me caracteriza, decidí buscar una forma de comunicarme con ella y desearle mis más sinceras felicitaciones. Cuál fue mi sorpresa que recibí una calurosa respuesta al otro lado del Atlántico. Con seis horas de diferencia, al despertar vi un mensaje que levantó mi ánimo. 
Así empezó un día largo de conversaciones dispares, que cual años luz iban y venían con aquellos mensajes del recuerdo. Poco costó ponerse al día, a pesar del handicap de la distancia, fue solventado rápidamente gracias a los avances tecnológicos. Recuerdos de la adolescencia cuando apenas éramos unas no-tan-niñas. Maravillosas, a la vez que catastróficas, tardes de verano. Momentos agridulces que bañaban mi ser en la lejanía de una ciudad, donde cada recuerdo o noticia procedente de mi tierra la hacia más dulce. No sé si era la distancia o la melancolía, lo que si sé es que me sentía inmensamente feliz de recordar y retomar lo que un día se quedo a mitad. 
Recordaba las escapadas a la ciudad en un fatídico autobús que tardaba horas en hacer su recorrido, las verbenas de verano que siempre acababan mal, las noches a la luz de una mugrienta farola, los revueltos caseros que yo cocinaba y ella devoraba, las tardes de confesiones al sol piscinero, el pesado de su padre dando el coñazo cada tarde, el huevo Smart que se aparcaba en cualquier esquina, aquel viaje a Barcelona donde nos ligamos a un octogenario, los piques en moto mientras subíamos de vuelta a casa, los atajos llenos de matojos y ramas secas que nos dejaban las piernas llenas de marcas o las tardes de pelis en el ático.
Podría recordar también todo el daño que otras personas nos hicieron en aquel lugar,  podría rememorar los defectos, fallos y errores del pasado, podría quedarme inmóvil en aquella burbuja donde allí nadie avanza y que, a pesar de los años, muchos de ellos siguen viviendo en los mundos de Yupi. Pero no. Yo al menos no lo voy a hacer. Algunos piensan que soy la misma, y en cierta manera lo soy, pero hay algo que ha cambiado en mi. Algo importante. Ya no me preocupa el que dirán, ya no me preocupa si no me aceptarán, ya no me preocupa si soy la más cool del grupo. Ya no me preocupa si soy la mejor en la cancha. Ya no me preocupa si monto la fiesta padre cada madrugada. Ya no me preocupa nada de eso, ahora tengo a Cristo en mi corazón y eso hace la diferencia. Ahora aquel estilo de vida no tiene ningún significado para mi, ahora “echo toda mi ansiedad sobre Él, porque tiene cuidado de mi”. 1ª Pedro 5:7
Quedan muy lejanas esas experiencias y ahora mis preocupaciones son de otro nivel. Aquella etapa quedo quemada y dejada para la posteridad. Sin embargo, me quedo con lo único bueno que saque de todo aquello: una gran amistad. Tiene sus cosas, como todos y cada uno de nosotros, pero al menos tiene buen corazón. Ella pasada la treintena y una servidora casi rozándola, contamos con unos años más a nuestras espaldas, algunas experiencias vividas que nos ha marcado la vida y situaciones que nos han dado una nueva visión de las cosas, empero podemos decir que somos las mismas almas que un día iban alocadas subidas en un ciclomotor mientras el sol del verano era testigo de aquella entrañable amistad.