martes, 21 de febrero de 2012

Necesitaba un abrazo...

Como cada día se despertaba con los rayos de sol entrando por su ventana. Eran las 7.10 de la mañana y sin despertador alguno que sonara se disponía a empezar una nueva semana. Era una mujer de rutinas. Se disponía a realizar sus hábitos diarios, no sin antes besar y acariciar con ímpetu aquella bola de pelo negra y pequeña que llamaba su atención a ladridos ensordecedores si así no lo hacia.

Sus presagios ya le anticiparon que aquel no sería un buen día. Y así fue. Le pasaba de vez en cuando. Nadie era perfecto y ella mucho menos. Era uno de esos días. Dias en los que solía ver un punto diminuto negro en una gran pared blanca o en los que los ánimos estaban en el subsuelo de unos grandes almacenes, escondidos, y lo que es peor, perdidos. Dias en los que necesitaba un abrazo.

Como cada mañana pensaba. Pensaba tanto que quizá hasta llegaba a ser contraproducente. Analizaba hasta el más minucioso detalle. Siempre lo fue, una mujer detallista. Lo tenia todo. Una vida llena de bendiciones. Nada que anhelar. Mucho por descubrir. Pero aun así, necesitaba alguien con quien compartir su pesar aquella mañana. Una mano amiga a la que agarrar como única esperanza ardiente. Un abrazo cálido que durara un lustro, o dos. Atención. Muchos mimos. Se sentó en su sillón blanco para hacer una oración. Sin embargo allí estaba ella, divagando entre recuerdos, soledad, tristeza, sollozos y sueños rotos. Empezaba aquel lunes ávido y sin sentido. A sus pies su única, inseparable e incondicional compañera. De pronto pegó un salto al escucharla gimotear y en cuestión de milésimas de segundo ya estaba lamiendo su rostro, borrando las lágrimas que bañaban desconsoladas su aletargadas mejillas.

El día fue pasando, sin novedad alguna. Lo de siempre. Entre libros y números pasaban las horas. Eso no era lo que la mataba. Era sentirse lejos. Un lugar extraño. Muchos kilómetros distaban de su casa. Otra lengua. Una casa vacía. Contratiempos, giros y reveses. Un montón de obligaciones que cumplir y responsabilidades que llevar a cabo. Monotonía. Rutina. Echaba de menos reencontrarse con su antigua vida, esa en la que cada día se reinventaba con algo nuevo por descubrir. Siempre le había gustado el riesgo, la diversidad y lo desconocido. Uno de sus deseos cuando era niña era hacerse mayor a una velocidad vertiginosa, y ahora que rondaba casi la treintena, veía su vida sin sentido, como una constante. ¿Seria el declive de los años o quizá que las cosas no estaban sucediendo como ella esperaba que sucedieran? Alzó sus patitas y la sacó de su ensimismamiento mientras le recordaba que tenia que volver a los libros y dejarse de filosofar con aquellos taciturnos pensamientos. Al menos rodeada de ecuaciones, y a diferencia de los problemas de la vida, en este caso los procedimientos eran sencillos y siempre llegaba a una solución correcta. En definitiva, así eran las números, directos, simples y objetivos.

Al caer el sol, se dispuso a pasear a su pequeña hembra canina. Procedió a analizarla. Ella siempre estaba ahí. Constantemente al acecho de cualquier movimiento que hiciera o palabra que pronunciara. Levantaba rápidamente sus puntiagudas orejas y demostraba estar alerta a cualquier orden que se le antojara. Continuamente tenia los ojos puestos en su dueña, demostrando no solo aprecio sino disponibilidad. Entrega total. Esa atención que ella necesitó todo el día cuando los demás estaban ocupados. La escuchaba, la mimaba, la besaba, la comprendía, la hacia sentir capaz, útil, imprescindible en su vida. Mientras se acomodaba en sus rodillas, movía su patita para captar su atención y parecía decirle “no temas, este día pasará, vendrán momentos mejores y tanto en los buenos como en los malos, yo estaré a tu lado como siempre lo he hecho.” Y le ofreció tres lametones llenos de sentimiento que para ella fue como el mejor de los abrazos. La cogió fuerte, la abrazó hasta sentir de cerca latir su corazón y entonces pensó para sus adentros “Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida”. Sí, quizá simplemente era aquel día, ya lo intuyó aquella mañana su sexto sentido. Pero como se suele decir después de la tormenta siempre llega la calma. Y, afortunadamente, mañana será otro día. Quien sabe si mejor o peor que este, pero al menos, otro día. Y lo mejor de todo es que su amiga incondicional será la que vea al despertar, al otro lado de la cama acurrucadita encima de la almohada. Ya con eso tendrá el abrazo que necesite.