jueves, 24 de noviembre de 2011

Perdidos en el paraíso


Obtuvo 16 millones de espectadores en su prime-time, cuenta con un Globo de Oro y 6 Premios Emmy, emitió sus 6 temporadas en 18 países diferentes y posee un sinfín de wikiblogs distribuidos por el globo cibernético que interpretan su jeroglífico narrativo. Con este palmarés podríamos asegurar que Perdidos ha sido una serie con un nivel mediático impactante. Nos ha hecho llorar, reír, soñar y, como no, meditar. ¿Que tiene de interesante esta serie que ha embaucado, como Frodo con su anillo, a una importante suma de espectadores? ¿La revelación del bien contra el mal? ¿O quizá redención versus condenación? ¿O el sueño de vivir en un paraíso similar a una isla desierta? Sea lo que sea, a los números me remito y todo aquel al que se le pregunte por esta serie sabe al menos de su existencia o si bien ha seguido la trama hasta el final de la misma.

Lost es una serie americana centrada en las hazañas de unos pasajeros que, tras un accidente aéreo, van a parar a una isla misteriosa. Mientras se cuenta la vida de cada uno de los supervivientes en la isla, se intercalan relatos de sus biografías anteriores a la catástrofe. Lo curioso de la trama es que hay muchas incógnitas que suceden en aquel lugar: mientras todos desean volver y ser rescatados, algo inexplicable parece decir que eso es imposible. Los protagonistas, con chivo expiatorio incluido, tienen que cumplir una misión. Sin embargo, cuando el objetivo es alcanzado, tras muchos momentos de tensión y sacrificio, cada uno parece haber terminado con el propósito de su vida y aparecen en un lugar muy parecido a lo que podría ser el paraíso. Por lo que podemos comprobar todos tenían razones para querer comenzar a vivir una nueva vida.

Estamos ante una pieza maestra que cuenta con la religion como una constante. En el transcurso de las temporadas y analizando cada uno de los capítulos no había ninguno donde no encontrara un paralelismo bíblico al respecto. El magistral argumento de la serie obtiene de la Biblia parte de su guión y no he podido dejar de expresar mi sentir al acabar la serie que mas enganchada me ha tenido (no me olvido de Prison break). Y no sólo lo digo yo, sino que las cifras hablan por sí solas. ¿Que quiero decir con esto? Muy sencillo. Me fascina ver como nos podemos encantar con este tipo de tramas y, dejar de lado aquella que es cierta, la historia del conflicto cósmico. Nada más lejos de la realidad es aquella que hace cientos de años se escribió y que apenas le ponemos atención. Sin embargo, esa no nos la creemos porque pensamos que es fantasía. Y lo curioso de todo es que ni nos hemos parado a conocerla.

Deseamos esa vida alternativa que aparece al final de la serie (lo siento por los spoilers), pensando que ese hubiera sido el mejor de los finales y, por contra, no nos paramos a pensar en la historia de nuestra vida. Tantas veces he intentado comprender como será eso que dice Pablo de ser trasformados en un abrir y cerrar de ojos (1 Corintios 15:52) y sólo al ver el último episodio de la serie pude visualizar ráfagas de lo que serán las consecuencias de una Segunda Venida al puro estilo del Siglo XXI. Lo interesante de todo esto es que es una historia real pues, ¿quien dijo que la muerte es el final de todo? Aunque, como en Perdidos, no todo está explicado por nuestra incapacidad de comprensión, hay una cosa que si es segura: nos reuniremos con aquellas personas que un día se fueron y veremos el reencuentro en nuestras mentes cuando empiecen a rememorar como flashbacks los mejores momentos junto a ellos. Nosotros también soñamos con empezar algún día una nueva vida en un cielo nuevo y una tierra nueva (Apoc. 21) la cual habitaremos eternamente, con esas casitas cultivando nuestro propio huerto al estilo DharmaVille, allí viviremos ajenos a nada y conocedores de todo. Ese día está muy cerca. Poseemos esa luz llena de conocimiento si la buscamos correctamente, no hace falta ver una serie televisiva para averiguarla, basta con acudir a la Biblia. No seamos tan ignorantes de encontrarnos Perdidos en el Paraíso.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La historia de mi conversión


“Yo quiero sentir lo que él siente, yo quiero disfrutar con lo que él disfruta” decía estas palabras cuando apenas tenia 15 años dándome cuenta que el camino que había elegido para mi vida no era el que un día futuro quería tener. Mientras hablaba con mi querido amigo pasaron noches enteras explicándole mis sueños y anhelos. Dos personas que no solo eran hermanas, sino que ademas compartían el mejor de los amigos. Ahí estaba yo filosofando con Jorge sobre la vida, diciéndole que quería tener esa sed de Dios y sentir todo lo que mi hermano sentía, porque había algo diferente en él.

Todos hemos tenido un modelo a seguir o alguien en quien nos gustaría convertirnos. Para mi, esa persona fue mi hermano. Yo había crecido en un hogar cristiano pero no quería saber nada de Dios. Recuerdo tardes enteras desperdiciadas con personas que apenas me nublaban la vista mientras que cada día me suplicaba que fuera con él a la iglesia. Por no hablar de aquella madrugada de verano, con su grito desesperado cuando vino a recogerme tras unos arbustos, ya que apenas podía moverme fruto de mis locuras de adolescente. Me pregunto que hubiera sido de mi si no hubiera hubiera estado ahí. Pero estuvo. Luchando por mi, teniendo fe y confiando en una hermana rebelde e indomable.

Transcurrieron los días y, seguro que tras muchas oraciones, aquel amigo junto con mi hermano consiguieron que acudiera a reuniones donde, aunque se hablaba de un Dios que no quería ver ni en pintura, se estudiaban temas que al menos me interesaban: profecía. Había crecido sabiendo sobre la historia de este mundo y lo que vendría. Entendía que este planeta era finito y anhelaba un cambio radical en mi vida, pues sabia lo que tenia que hacer pero no quería hacerlo. Sin embargo, yo no tuve la experiencia del ladrón en la cruz con una conversión instantánea. A mi, personalmente, el espíritu de Dios me costó dejarlo entrar. Puesto que soy de ideas fijas y un tanto obstinada, tuve que luchar por cambiar totalmente mi vida y recuerdo que no fue nada fácil. Cuando las memorias del pasado llegaban y acariciaban mis débiles tentaciones, era entonces cuando pensaba en mi hermano y en su vida llena de felicidad. Ahora tenía mi objetivo en la vida y nada ni nadie me iba a parar hasta conseguirlo.

Y lo consegui. Diez meses después, estaba sumergida en las aguas donde dejé mi vieja Silvia y nació una nueva, llena de gozo y esperanza. Tan solo tenía 17 años. Simplemente es inexplicable, como se ve la vida cuando decides entregarla a Cristo. Pero entonces llegó de nuevo uno de sus sabios consejos, dejándome fría como el mármol: “Ahora es cuando viene lo mas difícil”. ¿Más? ¿No fue suficiente aquellas tardes de continencia cuando solo quería salir con mis desaconsejables amigos? ¿No fue terriblemente duro comprobar que quienes decían ser mis colegas, no lo eran tanto? ¿Acaso no había hecho ya bastante cambiando totalmente mi estilo de vida? No entendía nada en aquel entonces. No obstante, hace unos días se cumplieron 11 años de aquel consejo y es hoy cuando puedo entender más que nunca las palabras inteligentes de mi hermano. Cuando llega la situación en la que se me olvida por qué un día entregué mi vida a Cristo, vienen a mi memoria aquellos maravillosos momentos de adolescencia cuando pasábamos tardes enteras entre amigos imaginando la Venida de Cristo con Biblias en mano. Tristemente hoy, muchos de aquellos muchachos ya no pensamos igual que antaño y me pregunto ¿que estoy haciendo yo al respecto? Claramente, nada.

Pero hay una buena noticia: aún estamos a tiempo de ganar almas para el Señor. Una corona nos será dada y cada persona en cuya salvación intervinieron, añadirá estrellas a su corona de gloria (2 Ti. 4:8). Santi al menos tendrá una estrella en la suya: la mía. ¿Qué pasará conmigo, habrá estrellas en mi corona? Me planteo que hago con mi vida para inspirar a otros o si soy un ejemplo al cual seguir. Me impacienta el hecho de tener que llegar al Cielo para saberlo, mientras tanto lucho cada día por conseguir mi objetivo y evitar el peligro de ser piedra de tropiezo para otros (Lucas 17:1-2). Y esta, amigos mios, es la historia de mi conversión.

sábado, 12 de noviembre de 2011

En el umbral de la eternidad


“Siempre hablo de un pasado porque es lo único que he vivido y es lo que me ayuda a mejorar mi presente para así tener un buen futuro”. Así terminaba el mail que días atrás envíe a una persona muy especial tras una discusión un tanto subida de tono. No voy a deliberar sobre este incidente, pues hay que darle importancia a aquello que lo merece y no es este el caso.


Sin embargo, al escribir aquella frase y tras pasar una semana dura donde las haya, mis paseos diarios junto a Iris se centraron en la reflexión de mi presencia en esta vida. Y es que es elemental (o debería serlo) saber que hoy somos seres con vida y mañana podemos no serlo. Que no puedo hablar del futuro porque no lo conozco, no lo he vivido y no se si algún día lo viviré.


Como muchos sabéis, soy excesivamente responsable. Nunca oiréis salir de mi boca la palabra aburrimiento, poseo una larga to-do-list que probablemente nunca la acabe ni aunque viviera los años del mayor longevo de la historia. Si no hago todo aquello que al despertar me propongo cuando llega el final del día, mi autocastigo se ve reflejado en un nocivo veneno que recorre mi cuerpo llamado culpabilidad. Y es que el tiempo que pasa ya nunca volverá.


Así es nuestra vida, egocéntrica. En nuestro día a día estamos tan ocupados pensando en todo lo que tenemos que hacer, preocupados por nuestras reuniones, inquietos por los problemas familiares, pensando en nuestros propios deseos y necesidades que nos olvidamos de lo realmente importante: D-I-O-S.


Cuando estoy consumida por el estrés y la preocupación, estoy diciendo a Dios que todas estas circunstancias son más importantes que El y que no puedo ser feliz. Me creo con el derecho de decirle al Señor que mi vida es un desastre porque la magnitud de mis problemas está por encima de todo, incluso de EL. Este tipo de comportamiento es un sello de arrogancia por mi parte, y es cuando me doy cuenta que he perdido el norte, alejándome del único que puede quitar de mi esa ansiedad.


No todo es responsabilidad y trabajo, hay cosas más merecedoras de mi atención, cosas que hacen que crezca como persona y que son un pasaporte para la vida eterna. Que el tiempo es oro para construir todo aquello y no malgastarlo en momentos, lugares y personas que no te estiman. Siendo consciente que lo único que tengo es un pasado del que aprender y un presente para vivir, pero nunca un futuro evidente y seguro. Así pues analizo mi vida que quedo atrás (sin negarla) para no volver a ser tan ingenua de cometer los mismos desaciertos del ayer e intento estar preparada cada día para lo que pueda acontecer. Eso si “no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán” Mateo 6:34 y para eso ya tenemos a Dios que nos ayudará.


Por lo tanto hoy, como cada día, aprendí algo nuevo: que cada minuto que pasa estoy en el umbral de la eternidad. Quizá ahora mismo este aquí escribiendo unas lineas para vosotros mis queridos amigos, pero quizá luego ya no esté y lo próximo que vea sea el Paraíso tantas veces soñado. Porque la vida no es mas que vapor que se esfuma de un segundo a otro, no importa si eres joven o viejo, rico o pobre, inteligente o analfabeto. No es una visión pesimista, sino realista, pues como dice Santiago 4:14 “No sabéis lo que será mañana. Pues ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece”.