martes, 12 de abril de 2011

China, toda una aventura


Necesitaba una señal, ese algo que me asegurara que esto no podría ser un sueño. Pasando todas y cada una de las pruebas a las que lo sometía continuamente más cuenta me daba de que era la persona idónea, quizá la definitiva. Tras medio año de disfrutar de su compañía y vivir los meses más felices de mi vida, quería dar un paso adelante y asegurar si esto seria para siempre. Así que decidí emprender aquel viaje tan importante junto a él. Todo un reto. Era un viaje de negocios, si, pero ¿es que acaso el matrimonio no es también un viaje que emprender en tu vida o un negocio en el cual invertir tu tiempo?

Un día como hoy hace justo un año. Eran las cinco de la mañana y el despertador sonaba avistándonos de una larga aventura. Directa a Beijing pasé por el vuelo más largo que he tenido pero gracias a su actitud siempre atenta, sentí que volaba entre las nubes, nunca mejor dicho. Llegamos al aeropuerto donde la incertidumbre de una ciudad, país, continente, e incluso lengua desconocida nos producía inquietud, pero nuestro amigo Jason, el americano, hizo las cosas sencillas. Nos recogió y llevó directo al hotel donde una ducha y puesta a punto rápida nos hizo recargar las pilas para empezar nuestra ruta por Pekín. No había tiempo que perder.

Mucha pobreza. Contrastes propios de una ciudad importante con la paradoja de calles repleta de gente que deambulaba buscando algo para comer. Frío, mucho frío, recuerdo nuestra primera parada, el mercadito donde las chinas parecían tus mejores amigas, te agarraban del brazo y negociaban ¡y como negociaban! “
ni pa ti, ni pa mi” decían, pero lo mejor era que lo podían decir en diversos idiomas simultáneamente. Una locura. Ni Egipto ni el mercado de debajo de mi casa de los sábados, eso era otro mundo. Una vez abrigados, nuestra siguiente parada era la Muralla China. Bueno una parte de ella, enorme, larga y fuerte (la muralla digo), en dos palabras: IM-PRESIONANTE. Todo aquello que siempre había visto en documentales o estudiado en libros, ahora estaba viéndolo con mis propios ojos. Los primeros días fueron así, de descubrimiento y de fortalecimiento de la relación. Una maravilla, una reafirmación a mis presagios.

Shangai. Julio, o mejor dicho, Xian Jo, este era chino. Nos llevó a ver la ciudad más grande de China. Estuvimos visitando algunos clientes y contactos laborales, pero pronto volvimos al turismo para ver uno de los iconos de la zona financiera de Pudong: la Torre Oriental Pearl TV, donde en su interior tiene hasta una montaña rusa. Pero lo más bonito y llamativo fue ver toda la ciudad iluminada desde lo alto entre los brazos de la persona a la que amas, una sinfonía de colores llamativos que hacia de Shangai un precioso lugar, un lugar inolvidable para pasarlo a su lado.

Carretera hacia el sur. Tras unas horas nos plantamos en Yiwu, flipando de comprobar que la prioridad no la tiene, en absoluto, el peatón y dando gracias por llegar sanos y salvos, tras conducir en dirección contraria en un par de ocasiones. Pasamos el día en la feria permanente de comercio, comúnmente lo que llamamos en España “
los chinos”. Estaban ahí todos metidos, cuales abejas en colmenas, miles y miles de expositores, apenas 8 horas andando para ver un tercio de todo el recinto. Menos mal que acabamos nuestra jornada de trabajo con un masaje completo, donde en vez de frotarte, te golpeaban y manoseaban como si de un trozo de masa de pizza se tratara tu cuerpo. Eso si, te ponían la tele, te traían té calentito y te sonreían cada vez que levantaban la mirada, que no ocurrió mucho durante las tres horas que duró el tratamiento. Aunque el viaje se iba acortando, los deseos eran mayores, no había ninguna duda después de largas noches de conversaciones en la madrugada. Era él.

Finalmente llegaron los días de trabajo. Shenzhen. Reuniones con los socios chinos, fabricas 24 abiertas, turnos con trabajadores viviendo en los mismos polígonos industriales. Curiosa la cultura donde siendo la única mujer de la mesa redonda donde solíamos comer, servían los platos en un circulo central giratorio y debía de empezar el plato una servidora para dar la aprobación, ¿caballerosidad o peloteo? siempre me quedaré con la duda. Eso si, la comida era espectacular. Pato Pekín, pollo con cacahuete, brócoli con ajo, pescado (vete tu a saber qué clase) con barbacoa, y no sé cuántas cosas más. Solo sé que no dominé los palillos como mi chico, ese si que es un fiera. Control absoluto, no solo en las horas de la comida, sino en su saber estar y actuar. Se ganó la confianza de los que me acompañaban. Otra prueba mas superada.

Para concluir nuestro viaje fuimos a lo que le llaman la Nueva York asiática: Hong Kong. Edificios que quitan el hipo, con un espectáculo de luces y música donde cada noche se presentan cada uno de ellos como si de estrellas de cine se trataran. Eso es para verlo, no tiene explicación. De vuelta a la civilización todo dejó de ser económico, incluso en la cuna de la tecnología, centros comerciales que permiten ver todas y cada una de las criaturas que todavía no han salido al mercado exterior. Una pasión orgásmica recorría mi cuerpo solo de ver tanto cacharro junto. Disfrutamos todos y cada uno de los lugares que visitábamos. El tiempo a su lado pasa muy rápido, y es que lo mejor de todo esto es que tenemos tantas cosas en común, tantos hobbies que compartir, que en nuestra última noche ya había tomado una decisión.

Casi no podemos volver a casa. Nuestro regreso coincidió con el caos aéreo donde media Europa quedó incomunicada por la erupción de un volcán en Islandia. Fuimos de los pocos que nos libramos, y tras tres trasbordos, un total de treinta horas de viaje y mucho cansancio pudimos llegar a nuestros hogares. Cansada pero contenta. El, mi compañero de viaje, mi alma gemela, mi querida y respetada pareja, había superado una de las pruebas mas exigentes: pasar diez días bajo inspección, para saber si podría ser la persona con la que pasaría el resto de mi vida y lo mejor de todo es que él mismo no tenía ni idea. Así fue, aquel viaje me abrió los ojos para saber que ya estaba preparada para dar el paso más importante de mi vida. Quería casarme con él. No, no era un sueño, era real. Hoy un año después de aquellos momentos, apenas faltan tres meses para subirnos a un altar y formalizar, así, nuestro compromiso. Mientras tanto todavía recuerdo todos y cada uno de las anécdotas que vivimos en aquel viaje, momentos nuestros que nunca se borraran, porque como decía el poeta latino Marco Valerio Marcial: “
Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”. Y yo quiero vivirlos toda una vida.