sábado, 19 de febrero de 2011

Un sábado como cualquier otro


Una semana mas había pasado, aquella mañana era un sábado soledado y precioso, pero a pesar de ello, no había nada como estar entre las sabanas, disfrutando de unas horas más de sueño. Se levantó como siempre antes que yo, subió las persianas, abrió la ventana dejando pasar una brisa suave y se dirigió a la mini-cadena introduciéndo el disco de cada sábado, la canción de siempre: la número uno. Mientras sonaba Carpe Diem en toda mi habitación, una sonrisa con forma de corazón (así solía definirla) se dibujaba en mi cara somnolienta. Aunque sonaba a gloria la música que escuchaba no me animaba a salir de la cama para ir a la iglesia, pero sabia que me encantaba ese despertar, tranquilo, pausado y bañado de besos:

-Va quédate un poco mas aquí conmigo, si total el sábado es para descansar.-Le suplicaba.
-El sábado es para descansar encontrándose con Dios, yendo a la iglesia.-Me decía mientras entrelazaba sus dedos entre mi cabello, para despertarme del todo.
-Sí, pero he tenido una semana de locos, me ha destrozado y ahora no puedo con mi alma.-Me quejaba como si tuviera 5 años.
-Por eso mismo, te ha ayudado a superar una semana más, te ha acompañado a lo largo de seis días y ahora para uno que te pide que estés con El, ¿no vas a ir a su casa?.- Siempre tenia argumento para todo.
-Está bien, tienes razón.- le di un beso de buenos días y a duras penas me levanté.


Como puede ser que tenga el valor de dirigirme a Dios para que me ayude en los momentos en los que no sé qué hacer con mi vida, en los que necesito un milagro para que mis sueños se cumplan, en lo que me siento perdida porque mis seres más queridos han pasado al descanso o en los que la soledad me invade en una desconocida ciudad. Como puede ser que El haya estado conmigo toda una semana, una semana en la que he dedicado mi tiempo en lo que he querido, en mis cosas, en mis caprichos, en mi trabajo, en mis amigos y tan poco tiempo a El, solo para pedir y pedir. Como puede ser que cada día el sol salga sin excepción, que mi corazón siga latiendo, que un débil aliento me permita respirar o simplemente tenga un propósito en la vida que me motive para levantarme cada día. Como puedes ser que, un día en el que El me pide que lo pasemos juntos, ahora, es cuando me vienen los peros y las excusas.


Lo peor de todo es que no soy consciente que la primera beneficiada soy yo. Error. El sábado no está hecho para agradar a Dios. Está hecho para calmar mi sed, no me doy cuenta que si no fuera por esos momentos en los que puedo parar, pensar, meditar en El y lo que hace por mi, no tendría esa relación con mi Dios que después me hace grande, me hace sentir viva. Cuando dejo de tener esa armonía interior donde mi ansiedad está a flor de piel o donde mis miedos salen a flote, es porque algo no anda bien. Me doy cuenta de mi insuficiencia y busco a Aquel que me da paz, que me hace sentir completa. Cada día es una lucha de aprendizaje en el que lamentarse no es una solución, sino una resistencia continua a dejarme ayudar por el único que puede ayudarme. Por eso, mi mejor arma en contra de la queja envenenada es la acción: orar, ayudar, compartir y asistir a la cita cada semana con mi Salvador.


Aprendí esto y muchas cosas más de su forma de ver la vida. Hoy, varios años después, recuerdo esta conversación como si fuera ayer y doy gracias a Dios por haberme puesto a alguien que con cariño y comprensión supo enseñarle a mi rebelde corazón. Pienso en los momentos en los que intento argumentar con mi otra Silvia para evitar hacer lo que se que debo y no quiero. Si, a veces me pasa como a Pablo en Romanos 7:19 ¿a ti no?

sábado, 12 de febrero de 2011

No dejes para mañana...


No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Algunos me tachan de impaciente otros de responsable, sea como sea, es cierto que no me gusta dejar las cosas para otro momento, porque acabas por no hacerlas. Así que necesito compartir esto hoy, ahora. Porque hoy, una vez mas, la mano Divina ha estado presente en mi vida.

Hace un tiempo empecé un ayuno un tanto especial recomendado por un amigo, tan solo son 40 días y era el día 17 cuando leí acerca de Mateo 18:19. Todavía no había amanecido y como cada mañana me disponía a encontrarme con Dios. Era otro día más de angustia y preocupación, el día fatídico se iba acercando y mi ansiedad se veía reflejada en mi estado de ánimo. Ese día tocaba ayuno de internet (ya os decía que era un tanto especial) y requería oración continua, recomendando una cadena de oración. Así que me arme de valor y escogí a diez amigos para que oraran por mi. Es tan curioso que estemos tan dispuestos a manifestar felicidad y alegría por doquier, que cuando se trata de pedir el favor de que oren por ti, cuesta y mucho. Bueno a mi me costó, ¿será mi propio orgullo? será. Allí estaba yo, alejándome de las redes sociales por unos días y pidiendo a ciertas personas que oraran por mi para poder superar con éxito la prueba que se me venia encima. Dejé de lado mi orgullo y de inmediato me puse a pedir consuelo desconsolado a aquellos que sabia que no iban a fallarme intercediendo por mi. Y así fue.

Tan solo era un examen, lo sé, no era ni difícil ni extremadamente costoso de superar, pero era un examen que estaba acabando conmigo y con la confianza en mis capacidades que con tanto esfuerzo había conseguido en mis años de estudio universitario. Me sentía incapaz e inútil de conseguir salir victoriosa de una prueba que se me había atragantado hace meses y de la que conseguía hundirme cada vez que intentaba hacerle frente. Pero el milagro sucedió, la tranquilidad con la que llegue al lugar, la posibilidad de hacerlo en un despacho expresamente para mi o la facilidad con la que entendía y resolvía todas y cada una de las preguntas hizo que al acabar casi 5 horas después me sintiera exhausta pero satisfecha.

Mientras iba de camino a casa, solo quería gritar al mundo que lo había conseguido, necesitaba darle un abrazo al primero que encontrara, buscaba darle un beso a aquel que me mirara a los ojos. Lejos de la realidad, en una sociedad donde el espacio personal esta delimitado por una línea imaginaria que determina el espacio que no debe ser invadido por otras personas, tuve que contener mis emociones. Allí estaba yo, en el metro neoyorquino, ese sitio que se ha convertido en el mejor lugar para conversar con mi Salvador, tanto tiempo paso ahí y siempre en soledad donde intento aprovechar esos momentos y retomar mi conversación con Dios. Quería darle gracias. Gracias por todas y cada una de las bendiciones que me ha dado, gracias por la felicidad que desbordo, gracias por estar una vez más conmigo, gracias por la de gente que me quiere y que durante toda la semana, desde mi familia más cercana hasta mis amigos más queridos, han hecho que mi móvil echara humo, sms, notificaciones y mails han invadido mis cuentas y no puedo más que estar agradecida por todo el apoyo recibido. Gracias.

Entonces decidí expresar mi sentir y como dice mi buen amigo David, es cierto que utilizo mi pequeña habilidad de escribir como autoterapia, pues aunque no lo creáis soy de ciencias (¡y puras!), no de letras. Así que, aquí estoy una vez más con la necesidad de contaros mi experiencia. Aquí, ahora. Por un momento pensé que quizá mejor mañana o cuando sepa el resultado de la prueba al menos. Pero no. Mañana quizá sea demasiado tarde. Hoy y ahora es el momento. Pues yo soy de las que piensa no dejar para mañana lo que pueda hacer hoy.