jueves, 24 de noviembre de 2011

Perdidos en el paraíso


Obtuvo 16 millones de espectadores en su prime-time, cuenta con un Globo de Oro y 6 Premios Emmy, emitió sus 6 temporadas en 18 países diferentes y posee un sinfín de wikiblogs distribuidos por el globo cibernético que interpretan su jeroglífico narrativo. Con este palmarés podríamos asegurar que Perdidos ha sido una serie con un nivel mediático impactante. Nos ha hecho llorar, reír, soñar y, como no, meditar. ¿Que tiene de interesante esta serie que ha embaucado, como Frodo con su anillo, a una importante suma de espectadores? ¿La revelación del bien contra el mal? ¿O quizá redención versus condenación? ¿O el sueño de vivir en un paraíso similar a una isla desierta? Sea lo que sea, a los números me remito y todo aquel al que se le pregunte por esta serie sabe al menos de su existencia o si bien ha seguido la trama hasta el final de la misma.

Lost es una serie americana centrada en las hazañas de unos pasajeros que, tras un accidente aéreo, van a parar a una isla misteriosa. Mientras se cuenta la vida de cada uno de los supervivientes en la isla, se intercalan relatos de sus biografías anteriores a la catástrofe. Lo curioso de la trama es que hay muchas incógnitas que suceden en aquel lugar: mientras todos desean volver y ser rescatados, algo inexplicable parece decir que eso es imposible. Los protagonistas, con chivo expiatorio incluido, tienen que cumplir una misión. Sin embargo, cuando el objetivo es alcanzado, tras muchos momentos de tensión y sacrificio, cada uno parece haber terminado con el propósito de su vida y aparecen en un lugar muy parecido a lo que podría ser el paraíso. Por lo que podemos comprobar todos tenían razones para querer comenzar a vivir una nueva vida.

Estamos ante una pieza maestra que cuenta con la religion como una constante. En el transcurso de las temporadas y analizando cada uno de los capítulos no había ninguno donde no encontrara un paralelismo bíblico al respecto. El magistral argumento de la serie obtiene de la Biblia parte de su guión y no he podido dejar de expresar mi sentir al acabar la serie que mas enganchada me ha tenido (no me olvido de Prison break). Y no sólo lo digo yo, sino que las cifras hablan por sí solas. ¿Que quiero decir con esto? Muy sencillo. Me fascina ver como nos podemos encantar con este tipo de tramas y, dejar de lado aquella que es cierta, la historia del conflicto cósmico. Nada más lejos de la realidad es aquella que hace cientos de años se escribió y que apenas le ponemos atención. Sin embargo, esa no nos la creemos porque pensamos que es fantasía. Y lo curioso de todo es que ni nos hemos parado a conocerla.

Deseamos esa vida alternativa que aparece al final de la serie (lo siento por los spoilers), pensando que ese hubiera sido el mejor de los finales y, por contra, no nos paramos a pensar en la historia de nuestra vida. Tantas veces he intentado comprender como será eso que dice Pablo de ser trasformados en un abrir y cerrar de ojos (1 Corintios 15:52) y sólo al ver el último episodio de la serie pude visualizar ráfagas de lo que serán las consecuencias de una Segunda Venida al puro estilo del Siglo XXI. Lo interesante de todo esto es que es una historia real pues, ¿quien dijo que la muerte es el final de todo? Aunque, como en Perdidos, no todo está explicado por nuestra incapacidad de comprensión, hay una cosa que si es segura: nos reuniremos con aquellas personas que un día se fueron y veremos el reencuentro en nuestras mentes cuando empiecen a rememorar como flashbacks los mejores momentos junto a ellos. Nosotros también soñamos con empezar algún día una nueva vida en un cielo nuevo y una tierra nueva (Apoc. 21) la cual habitaremos eternamente, con esas casitas cultivando nuestro propio huerto al estilo DharmaVille, allí viviremos ajenos a nada y conocedores de todo. Ese día está muy cerca. Poseemos esa luz llena de conocimiento si la buscamos correctamente, no hace falta ver una serie televisiva para averiguarla, basta con acudir a la Biblia. No seamos tan ignorantes de encontrarnos Perdidos en el Paraíso.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La historia de mi conversión


“Yo quiero sentir lo que él siente, yo quiero disfrutar con lo que él disfruta” decía estas palabras cuando apenas tenia 15 años dándome cuenta que el camino que había elegido para mi vida no era el que un día futuro quería tener. Mientras hablaba con mi querido amigo pasaron noches enteras explicándole mis sueños y anhelos. Dos personas que no solo eran hermanas, sino que ademas compartían el mejor de los amigos. Ahí estaba yo filosofando con Jorge sobre la vida, diciéndole que quería tener esa sed de Dios y sentir todo lo que mi hermano sentía, porque había algo diferente en él.

Todos hemos tenido un modelo a seguir o alguien en quien nos gustaría convertirnos. Para mi, esa persona fue mi hermano. Yo había crecido en un hogar cristiano pero no quería saber nada de Dios. Recuerdo tardes enteras desperdiciadas con personas que apenas me nublaban la vista mientras que cada día me suplicaba que fuera con él a la iglesia. Por no hablar de aquella madrugada de verano, con su grito desesperado cuando vino a recogerme tras unos arbustos, ya que apenas podía moverme fruto de mis locuras de adolescente. Me pregunto que hubiera sido de mi si no hubiera hubiera estado ahí. Pero estuvo. Luchando por mi, teniendo fe y confiando en una hermana rebelde e indomable.

Transcurrieron los días y, seguro que tras muchas oraciones, aquel amigo junto con mi hermano consiguieron que acudiera a reuniones donde, aunque se hablaba de un Dios que no quería ver ni en pintura, se estudiaban temas que al menos me interesaban: profecía. Había crecido sabiendo sobre la historia de este mundo y lo que vendría. Entendía que este planeta era finito y anhelaba un cambio radical en mi vida, pues sabia lo que tenia que hacer pero no quería hacerlo. Sin embargo, yo no tuve la experiencia del ladrón en la cruz con una conversión instantánea. A mi, personalmente, el espíritu de Dios me costó dejarlo entrar. Puesto que soy de ideas fijas y un tanto obstinada, tuve que luchar por cambiar totalmente mi vida y recuerdo que no fue nada fácil. Cuando las memorias del pasado llegaban y acariciaban mis débiles tentaciones, era entonces cuando pensaba en mi hermano y en su vida llena de felicidad. Ahora tenía mi objetivo en la vida y nada ni nadie me iba a parar hasta conseguirlo.

Y lo consegui. Diez meses después, estaba sumergida en las aguas donde dejé mi vieja Silvia y nació una nueva, llena de gozo y esperanza. Tan solo tenía 17 años. Simplemente es inexplicable, como se ve la vida cuando decides entregarla a Cristo. Pero entonces llegó de nuevo uno de sus sabios consejos, dejándome fría como el mármol: “Ahora es cuando viene lo mas difícil”. ¿Más? ¿No fue suficiente aquellas tardes de continencia cuando solo quería salir con mis desaconsejables amigos? ¿No fue terriblemente duro comprobar que quienes decían ser mis colegas, no lo eran tanto? ¿Acaso no había hecho ya bastante cambiando totalmente mi estilo de vida? No entendía nada en aquel entonces. No obstante, hace unos días se cumplieron 11 años de aquel consejo y es hoy cuando puedo entender más que nunca las palabras inteligentes de mi hermano. Cuando llega la situación en la que se me olvida por qué un día entregué mi vida a Cristo, vienen a mi memoria aquellos maravillosos momentos de adolescencia cuando pasábamos tardes enteras entre amigos imaginando la Venida de Cristo con Biblias en mano. Tristemente hoy, muchos de aquellos muchachos ya no pensamos igual que antaño y me pregunto ¿que estoy haciendo yo al respecto? Claramente, nada.

Pero hay una buena noticia: aún estamos a tiempo de ganar almas para el Señor. Una corona nos será dada y cada persona en cuya salvación intervinieron, añadirá estrellas a su corona de gloria (2 Ti. 4:8). Santi al menos tendrá una estrella en la suya: la mía. ¿Qué pasará conmigo, habrá estrellas en mi corona? Me planteo que hago con mi vida para inspirar a otros o si soy un ejemplo al cual seguir. Me impacienta el hecho de tener que llegar al Cielo para saberlo, mientras tanto lucho cada día por conseguir mi objetivo y evitar el peligro de ser piedra de tropiezo para otros (Lucas 17:1-2). Y esta, amigos mios, es la historia de mi conversión.

sábado, 12 de noviembre de 2011

En el umbral de la eternidad


“Siempre hablo de un pasado porque es lo único que he vivido y es lo que me ayuda a mejorar mi presente para así tener un buen futuro”. Así terminaba el mail que días atrás envíe a una persona muy especial tras una discusión un tanto subida de tono. No voy a deliberar sobre este incidente, pues hay que darle importancia a aquello que lo merece y no es este el caso.


Sin embargo, al escribir aquella frase y tras pasar una semana dura donde las haya, mis paseos diarios junto a Iris se centraron en la reflexión de mi presencia en esta vida. Y es que es elemental (o debería serlo) saber que hoy somos seres con vida y mañana podemos no serlo. Que no puedo hablar del futuro porque no lo conozco, no lo he vivido y no se si algún día lo viviré.


Como muchos sabéis, soy excesivamente responsable. Nunca oiréis salir de mi boca la palabra aburrimiento, poseo una larga to-do-list que probablemente nunca la acabe ni aunque viviera los años del mayor longevo de la historia. Si no hago todo aquello que al despertar me propongo cuando llega el final del día, mi autocastigo se ve reflejado en un nocivo veneno que recorre mi cuerpo llamado culpabilidad. Y es que el tiempo que pasa ya nunca volverá.


Así es nuestra vida, egocéntrica. En nuestro día a día estamos tan ocupados pensando en todo lo que tenemos que hacer, preocupados por nuestras reuniones, inquietos por los problemas familiares, pensando en nuestros propios deseos y necesidades que nos olvidamos de lo realmente importante: D-I-O-S.


Cuando estoy consumida por el estrés y la preocupación, estoy diciendo a Dios que todas estas circunstancias son más importantes que El y que no puedo ser feliz. Me creo con el derecho de decirle al Señor que mi vida es un desastre porque la magnitud de mis problemas está por encima de todo, incluso de EL. Este tipo de comportamiento es un sello de arrogancia por mi parte, y es cuando me doy cuenta que he perdido el norte, alejándome del único que puede quitar de mi esa ansiedad.


No todo es responsabilidad y trabajo, hay cosas más merecedoras de mi atención, cosas que hacen que crezca como persona y que son un pasaporte para la vida eterna. Que el tiempo es oro para construir todo aquello y no malgastarlo en momentos, lugares y personas que no te estiman. Siendo consciente que lo único que tengo es un pasado del que aprender y un presente para vivir, pero nunca un futuro evidente y seguro. Así pues analizo mi vida que quedo atrás (sin negarla) para no volver a ser tan ingenua de cometer los mismos desaciertos del ayer e intento estar preparada cada día para lo que pueda acontecer. Eso si “no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán” Mateo 6:34 y para eso ya tenemos a Dios que nos ayudará.


Por lo tanto hoy, como cada día, aprendí algo nuevo: que cada minuto que pasa estoy en el umbral de la eternidad. Quizá ahora mismo este aquí escribiendo unas lineas para vosotros mis queridos amigos, pero quizá luego ya no esté y lo próximo que vea sea el Paraíso tantas veces soñado. Porque la vida no es mas que vapor que se esfuma de un segundo a otro, no importa si eres joven o viejo, rico o pobre, inteligente o analfabeto. No es una visión pesimista, sino realista, pues como dice Santiago 4:14 “No sabéis lo que será mañana. Pues ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece”.

martes, 12 de abril de 2011

China, toda una aventura


Necesitaba una señal, ese algo que me asegurara que esto no podría ser un sueño. Pasando todas y cada una de las pruebas a las que lo sometía continuamente más cuenta me daba de que era la persona idónea, quizá la definitiva. Tras medio año de disfrutar de su compañía y vivir los meses más felices de mi vida, quería dar un paso adelante y asegurar si esto seria para siempre. Así que decidí emprender aquel viaje tan importante junto a él. Todo un reto. Era un viaje de negocios, si, pero ¿es que acaso el matrimonio no es también un viaje que emprender en tu vida o un negocio en el cual invertir tu tiempo?

Un día como hoy hace justo un año. Eran las cinco de la mañana y el despertador sonaba avistándonos de una larga aventura. Directa a Beijing pasé por el vuelo más largo que he tenido pero gracias a su actitud siempre atenta, sentí que volaba entre las nubes, nunca mejor dicho. Llegamos al aeropuerto donde la incertidumbre de una ciudad, país, continente, e incluso lengua desconocida nos producía inquietud, pero nuestro amigo Jason, el americano, hizo las cosas sencillas. Nos recogió y llevó directo al hotel donde una ducha y puesta a punto rápida nos hizo recargar las pilas para empezar nuestra ruta por Pekín. No había tiempo que perder.

Mucha pobreza. Contrastes propios de una ciudad importante con la paradoja de calles repleta de gente que deambulaba buscando algo para comer. Frío, mucho frío, recuerdo nuestra primera parada, el mercadito donde las chinas parecían tus mejores amigas, te agarraban del brazo y negociaban ¡y como negociaban! “
ni pa ti, ni pa mi” decían, pero lo mejor era que lo podían decir en diversos idiomas simultáneamente. Una locura. Ni Egipto ni el mercado de debajo de mi casa de los sábados, eso era otro mundo. Una vez abrigados, nuestra siguiente parada era la Muralla China. Bueno una parte de ella, enorme, larga y fuerte (la muralla digo), en dos palabras: IM-PRESIONANTE. Todo aquello que siempre había visto en documentales o estudiado en libros, ahora estaba viéndolo con mis propios ojos. Los primeros días fueron así, de descubrimiento y de fortalecimiento de la relación. Una maravilla, una reafirmación a mis presagios.

Shangai. Julio, o mejor dicho, Xian Jo, este era chino. Nos llevó a ver la ciudad más grande de China. Estuvimos visitando algunos clientes y contactos laborales, pero pronto volvimos al turismo para ver uno de los iconos de la zona financiera de Pudong: la Torre Oriental Pearl TV, donde en su interior tiene hasta una montaña rusa. Pero lo más bonito y llamativo fue ver toda la ciudad iluminada desde lo alto entre los brazos de la persona a la que amas, una sinfonía de colores llamativos que hacia de Shangai un precioso lugar, un lugar inolvidable para pasarlo a su lado.

Carretera hacia el sur. Tras unas horas nos plantamos en Yiwu, flipando de comprobar que la prioridad no la tiene, en absoluto, el peatón y dando gracias por llegar sanos y salvos, tras conducir en dirección contraria en un par de ocasiones. Pasamos el día en la feria permanente de comercio, comúnmente lo que llamamos en España “
los chinos”. Estaban ahí todos metidos, cuales abejas en colmenas, miles y miles de expositores, apenas 8 horas andando para ver un tercio de todo el recinto. Menos mal que acabamos nuestra jornada de trabajo con un masaje completo, donde en vez de frotarte, te golpeaban y manoseaban como si de un trozo de masa de pizza se tratara tu cuerpo. Eso si, te ponían la tele, te traían té calentito y te sonreían cada vez que levantaban la mirada, que no ocurrió mucho durante las tres horas que duró el tratamiento. Aunque el viaje se iba acortando, los deseos eran mayores, no había ninguna duda después de largas noches de conversaciones en la madrugada. Era él.

Finalmente llegaron los días de trabajo. Shenzhen. Reuniones con los socios chinos, fabricas 24 abiertas, turnos con trabajadores viviendo en los mismos polígonos industriales. Curiosa la cultura donde siendo la única mujer de la mesa redonda donde solíamos comer, servían los platos en un circulo central giratorio y debía de empezar el plato una servidora para dar la aprobación, ¿caballerosidad o peloteo? siempre me quedaré con la duda. Eso si, la comida era espectacular. Pato Pekín, pollo con cacahuete, brócoli con ajo, pescado (vete tu a saber qué clase) con barbacoa, y no sé cuántas cosas más. Solo sé que no dominé los palillos como mi chico, ese si que es un fiera. Control absoluto, no solo en las horas de la comida, sino en su saber estar y actuar. Se ganó la confianza de los que me acompañaban. Otra prueba mas superada.

Para concluir nuestro viaje fuimos a lo que le llaman la Nueva York asiática: Hong Kong. Edificios que quitan el hipo, con un espectáculo de luces y música donde cada noche se presentan cada uno de ellos como si de estrellas de cine se trataran. Eso es para verlo, no tiene explicación. De vuelta a la civilización todo dejó de ser económico, incluso en la cuna de la tecnología, centros comerciales que permiten ver todas y cada una de las criaturas que todavía no han salido al mercado exterior. Una pasión orgásmica recorría mi cuerpo solo de ver tanto cacharro junto. Disfrutamos todos y cada uno de los lugares que visitábamos. El tiempo a su lado pasa muy rápido, y es que lo mejor de todo esto es que tenemos tantas cosas en común, tantos hobbies que compartir, que en nuestra última noche ya había tomado una decisión.

Casi no podemos volver a casa. Nuestro regreso coincidió con el caos aéreo donde media Europa quedó incomunicada por la erupción de un volcán en Islandia. Fuimos de los pocos que nos libramos, y tras tres trasbordos, un total de treinta horas de viaje y mucho cansancio pudimos llegar a nuestros hogares. Cansada pero contenta. El, mi compañero de viaje, mi alma gemela, mi querida y respetada pareja, había superado una de las pruebas mas exigentes: pasar diez días bajo inspección, para saber si podría ser la persona con la que pasaría el resto de mi vida y lo mejor de todo es que él mismo no tenía ni idea. Así fue, aquel viaje me abrió los ojos para saber que ya estaba preparada para dar el paso más importante de mi vida. Quería casarme con él. No, no era un sueño, era real. Hoy un año después de aquellos momentos, apenas faltan tres meses para subirnos a un altar y formalizar, así, nuestro compromiso. Mientras tanto todavía recuerdo todos y cada uno de las anécdotas que vivimos en aquel viaje, momentos nuestros que nunca se borraran, porque como decía el poeta latino Marco Valerio Marcial: “
Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”. Y yo quiero vivirlos toda una vida.

domingo, 27 de marzo de 2011

El eco de tu existencia


Siempre será un día especial el día de hoy, un 27 de marzo. Esa fecha que llevo grabada en la esclava de oro colgada de mi mano derecha y que luzco con orgullo desde hace muchos años. Hoy es ese día cuando hubieras cumplido 83 maravillosas primaveras. Pero no. La realidad es otra, hoy no celebraré ningún cumpleaños, no disfrutaré de ver esos ojos chispeantes mientras soplan unas velas. Permíteme que hoy llore una vez más tu ausencia.

Imagino cuando me hablabas y recuerdo en tus pupilas, negras como el azabache, años de experiencia. Lecciones aprendidas de una vida dura, pero con corazón fuerte. Así eras tu: perfecta a mis ojos. Sí, lo se. La perfección es una quimera, pero déjame imaginar y recordarte como cuando era una niña. Ahora, mi querida yaya te veo reflejada en tu retoño, que aunque de niña no tiene nada ya que con 60 años cuenta, la veo, la miro y me estremezco solo de verte reflejada en ella.

Otras generaciones, otras ilusiones, otras vivencias, pero que en esencia siempre son las mismas. Unas manos también desgastadas por el trabajo y dedicación, una piel manchada de una vejez que se aproxima, un cuerpo que no perdona el paso del tiempo. Aun con todo eso, sigue pareciendo una muñequita, con esa cara linda que a una estrella de cine de antaño se asemeja. Si a su rasgos físicos le añades que cada gesto, cada expresión, cada mueca o cada pensamiento, verías que es la viva imagen de lo que tu un día fuiste. Si, ella, mi madre. Tu hija. Tu muñeca de porcelana, ahora pasa por lo que tu viviste, entre otras cosas porque es la actual yaya. Te gustará saber que tendrías bisnietos y ahora serias la nueva “abuela vieja”. Hay cosas que nunca cambiaran en nuestra familia. Mientras la veo desde lejos, con aguja en mano, se dispone a coser y se entretiene con cualquier cosa relacionada con su nueva ilusión, la de ser abuela y de poder disfrutar de sus nietos.

Es por eso que me hace recordar en lo que tu y yo vivimos, en nuestra relación abuela-nieta. Es ahora ella quien podrá vivir esos momentos y quien tiene que disfrutar de lo maravilloso que puede llegar a ser esa experiencia. Es una pena que no estés aquí para aconsejarle, pues es toda una novedad para ella. Es una pena que no puedas estar tampoco para conocer esos tres maravillosos mocosos que nos tienen como locos a todos en casa.

Pero para mi hay un pesar mayor, el no contar con tu presencia el próximo verano. Ese día en el que subiré a un altar vestida de blanco. Y aunque siempre me digan que estaré radiante con mi sonrisa de corazón brillante, en lo mas profundo de mi ser sabré que ya no existe esa sonrisa perfecta, porque tu te la llevaste hace mas de siete años atrás. Y que aunque ese momento debiera ser el más feliz de mi vida, sabes a la perfección que no lo será. Faltará lo más importante, esa persona anciana en el primer banco de la iglesia, orgullosa y presumida, como una señora (porque lo eras de los pies a la cabeza) que solo con una mirada hacia sentirme la niña mas querida de su existencia. Y con eso me bastaba.

Así que hoy quiero recordarte como cada día lo hago, disfrutando de lo que me queda, de las generaciones que dejaste, de tu hija, de tus nietos y de varios bisnietos, y tal cual ley de vida, seguir con el legado que heredaste un día y que dejaste a los siguientes. La próxima seré yo. Seré como tu cuando tenga la edad de mi madre ahora o 75 cuando te fuiste o 83 como los que cumplirías hoy mismo. Quizá cambie la aguja por un iPad. No lo se. Solo espero mantener vivo el eco que dejaste de tu existencia. Porque me siento orgullosa de ti, del ejemplo que dejaste y de las cosas que nos enseñaste. Feliz cumpleaños en tus dulces sueños, nos veremos muy pronto junto al río.

sábado, 19 de febrero de 2011

Un sábado como cualquier otro


Una semana mas había pasado, aquella mañana era un sábado soledado y precioso, pero a pesar de ello, no había nada como estar entre las sabanas, disfrutando de unas horas más de sueño. Se levantó como siempre antes que yo, subió las persianas, abrió la ventana dejando pasar una brisa suave y se dirigió a la mini-cadena introduciéndo el disco de cada sábado, la canción de siempre: la número uno. Mientras sonaba Carpe Diem en toda mi habitación, una sonrisa con forma de corazón (así solía definirla) se dibujaba en mi cara somnolienta. Aunque sonaba a gloria la música que escuchaba no me animaba a salir de la cama para ir a la iglesia, pero sabia que me encantaba ese despertar, tranquilo, pausado y bañado de besos:

-Va quédate un poco mas aquí conmigo, si total el sábado es para descansar.-Le suplicaba.
-El sábado es para descansar encontrándose con Dios, yendo a la iglesia.-Me decía mientras entrelazaba sus dedos entre mi cabello, para despertarme del todo.
-Sí, pero he tenido una semana de locos, me ha destrozado y ahora no puedo con mi alma.-Me quejaba como si tuviera 5 años.
-Por eso mismo, te ha ayudado a superar una semana más, te ha acompañado a lo largo de seis días y ahora para uno que te pide que estés con El, ¿no vas a ir a su casa?.- Siempre tenia argumento para todo.
-Está bien, tienes razón.- le di un beso de buenos días y a duras penas me levanté.


Como puede ser que tenga el valor de dirigirme a Dios para que me ayude en los momentos en los que no sé qué hacer con mi vida, en los que necesito un milagro para que mis sueños se cumplan, en lo que me siento perdida porque mis seres más queridos han pasado al descanso o en los que la soledad me invade en una desconocida ciudad. Como puede ser que El haya estado conmigo toda una semana, una semana en la que he dedicado mi tiempo en lo que he querido, en mis cosas, en mis caprichos, en mi trabajo, en mis amigos y tan poco tiempo a El, solo para pedir y pedir. Como puede ser que cada día el sol salga sin excepción, que mi corazón siga latiendo, que un débil aliento me permita respirar o simplemente tenga un propósito en la vida que me motive para levantarme cada día. Como puedes ser que, un día en el que El me pide que lo pasemos juntos, ahora, es cuando me vienen los peros y las excusas.


Lo peor de todo es que no soy consciente que la primera beneficiada soy yo. Error. El sábado no está hecho para agradar a Dios. Está hecho para calmar mi sed, no me doy cuenta que si no fuera por esos momentos en los que puedo parar, pensar, meditar en El y lo que hace por mi, no tendría esa relación con mi Dios que después me hace grande, me hace sentir viva. Cuando dejo de tener esa armonía interior donde mi ansiedad está a flor de piel o donde mis miedos salen a flote, es porque algo no anda bien. Me doy cuenta de mi insuficiencia y busco a Aquel que me da paz, que me hace sentir completa. Cada día es una lucha de aprendizaje en el que lamentarse no es una solución, sino una resistencia continua a dejarme ayudar por el único que puede ayudarme. Por eso, mi mejor arma en contra de la queja envenenada es la acción: orar, ayudar, compartir y asistir a la cita cada semana con mi Salvador.


Aprendí esto y muchas cosas más de su forma de ver la vida. Hoy, varios años después, recuerdo esta conversación como si fuera ayer y doy gracias a Dios por haberme puesto a alguien que con cariño y comprensión supo enseñarle a mi rebelde corazón. Pienso en los momentos en los que intento argumentar con mi otra Silvia para evitar hacer lo que se que debo y no quiero. Si, a veces me pasa como a Pablo en Romanos 7:19 ¿a ti no?

sábado, 12 de febrero de 2011

No dejes para mañana...


No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Algunos me tachan de impaciente otros de responsable, sea como sea, es cierto que no me gusta dejar las cosas para otro momento, porque acabas por no hacerlas. Así que necesito compartir esto hoy, ahora. Porque hoy, una vez mas, la mano Divina ha estado presente en mi vida.

Hace un tiempo empecé un ayuno un tanto especial recomendado por un amigo, tan solo son 40 días y era el día 17 cuando leí acerca de Mateo 18:19. Todavía no había amanecido y como cada mañana me disponía a encontrarme con Dios. Era otro día más de angustia y preocupación, el día fatídico se iba acercando y mi ansiedad se veía reflejada en mi estado de ánimo. Ese día tocaba ayuno de internet (ya os decía que era un tanto especial) y requería oración continua, recomendando una cadena de oración. Así que me arme de valor y escogí a diez amigos para que oraran por mi. Es tan curioso que estemos tan dispuestos a manifestar felicidad y alegría por doquier, que cuando se trata de pedir el favor de que oren por ti, cuesta y mucho. Bueno a mi me costó, ¿será mi propio orgullo? será. Allí estaba yo, alejándome de las redes sociales por unos días y pidiendo a ciertas personas que oraran por mi para poder superar con éxito la prueba que se me venia encima. Dejé de lado mi orgullo y de inmediato me puse a pedir consuelo desconsolado a aquellos que sabia que no iban a fallarme intercediendo por mi. Y así fue.

Tan solo era un examen, lo sé, no era ni difícil ni extremadamente costoso de superar, pero era un examen que estaba acabando conmigo y con la confianza en mis capacidades que con tanto esfuerzo había conseguido en mis años de estudio universitario. Me sentía incapaz e inútil de conseguir salir victoriosa de una prueba que se me había atragantado hace meses y de la que conseguía hundirme cada vez que intentaba hacerle frente. Pero el milagro sucedió, la tranquilidad con la que llegue al lugar, la posibilidad de hacerlo en un despacho expresamente para mi o la facilidad con la que entendía y resolvía todas y cada una de las preguntas hizo que al acabar casi 5 horas después me sintiera exhausta pero satisfecha.

Mientras iba de camino a casa, solo quería gritar al mundo que lo había conseguido, necesitaba darle un abrazo al primero que encontrara, buscaba darle un beso a aquel que me mirara a los ojos. Lejos de la realidad, en una sociedad donde el espacio personal esta delimitado por una línea imaginaria que determina el espacio que no debe ser invadido por otras personas, tuve que contener mis emociones. Allí estaba yo, en el metro neoyorquino, ese sitio que se ha convertido en el mejor lugar para conversar con mi Salvador, tanto tiempo paso ahí y siempre en soledad donde intento aprovechar esos momentos y retomar mi conversación con Dios. Quería darle gracias. Gracias por todas y cada una de las bendiciones que me ha dado, gracias por la felicidad que desbordo, gracias por estar una vez más conmigo, gracias por la de gente que me quiere y que durante toda la semana, desde mi familia más cercana hasta mis amigos más queridos, han hecho que mi móvil echara humo, sms, notificaciones y mails han invadido mis cuentas y no puedo más que estar agradecida por todo el apoyo recibido. Gracias.

Entonces decidí expresar mi sentir y como dice mi buen amigo David, es cierto que utilizo mi pequeña habilidad de escribir como autoterapia, pues aunque no lo creáis soy de ciencias (¡y puras!), no de letras. Así que, aquí estoy una vez más con la necesidad de contaros mi experiencia. Aquí, ahora. Por un momento pensé que quizá mejor mañana o cuando sepa el resultado de la prueba al menos. Pero no. Mañana quizá sea demasiado tarde. Hoy y ahora es el momento. Pues yo soy de las que piensa no dejar para mañana lo que pueda hacer hoy.

lunes, 31 de enero de 2011

Dios siempre me ha hablado


Susurro lejano casi imperceptible. Presencia ausente. Añoranza extraña. Recuerdo agradable. Pero no estas ¿o si? Tímida voz queriendo entrar en un corazón dañado. Sentimientos encontrados, conversaciones en la madrugada. Te busco y no te encuentro. Te escondes o quizá simplemente callas. Viéndome, contemplándome. Dios ya no me habla.

-Te quiero mucho ¿sabes?
-Si lo se. Gracias. - Decías tras una sonrisa escondida.
-Pero tengo que decirte algo.
-¡Uy! ¿qué he hecho que te ha molestado?
-Nada, solo que esperaba una amistad diferente. Tengo muchos amigos, de todos los sitios, de muchos lugares, pero ninguno con el que pueda orar, encontrarme con Dios. Pensaba que tu que crees lo mismo que yo...

Silencio perdido.

Mientras veo sus mejillas sonrojarse percibo que quizá le haya molestado mi comentario:
-Vaya, nunca me habían dicho algo así. Pensé que tus temas de conversación siempre era el fútbol, los chistes verdes o cualquier noticia del momento.
- Ya pero eso lo puedo hacer con cualquier persona. Elige uno -le digo mientras le enseño mi agenda del móvil- el que quieras. Pensaba que contigo seria diferente.
-Tienes razón. ¿Quieres que oremos? Podemos estudiar la Biblia cada noche, podemos empezar a ver nuestra colección de pelis, o quizá,...
-¡Si! lo necesito. Siento a Dios tan distante...

He aprendido mucho desde entonces, ya no soy quien era aquel día. Personas entran en nuestras vidas que nos ayudan, que nos animan, que te sonríen, que te levantan, que se preocupan. Situaciones que te curten, que te hacen fuerte, que aunque temporalmente te destrozan, con el paso del tiempo te hacen grandes. Hoy ya no estas tú, pero están otros. Y continúan haciéndolo, porque para eso estamos aquí, para ayudarnos. Que importante es estar en el momento preciso, en el lugar correcto. Dios quizá me estuviera hablando.

En mi soledad lejos de mi casa pretendo hallarte, pero no te siento. Quiero recordar aquellos momentos por los que un día suspiraba. Cada mañana te busco con el deseo de escuchar tu corazón palpitante en mi espalda, fruto de un un abrazo que me traspasa. Me he alejado poco a poco y ahora quiero correr rápido a tu encuentro. Siento que es tarde, pero empieza a amanecer y la luz entra por mi ventana. Estas ahí. Me has regalado un día mas, una bonita sonrisa se dibuja en mis labios. Veo que respiro y recuerdo una a una el sin fin de bendiciones que me has otorgado. Pero vuelvo a tener un triste y solitario despertar. Ya no está esa voz amiga que me dice hizo apreciar lo que has hecho por mi. ¿Qué más da? La esencia, los importante, eso sí que está. Están tus manos traspasadas, extendidas allí en una cruz clavada. Están todas las cosas que has creado para mi. Están tus heridas en los pies, fruto de mi pecado y rebelión. Pero lo más bonito de todo es que has venido a buscarme, quieres alegrar mi corazón cada día, buscas cada momento para captar mi atención y eso, eso, es lo más importante. No mas mañanas ausentes. Dios ya me habla.

Lo siento de nuevo. Has vuelto. Siento tu calor, tu abrazo. No más silencios. Has venido a mi encuentro. Un aliento más para empezar el nuevo día. Gracias. Sé que si no fuera por ti, hoy, yo no estaría aquí. No te separes nunca de mi. Te necesito. Vuelve pronto pero, esta vez, para quedarte. Dios siempre me ha hablado.

lunes, 24 de enero de 2011

Pura decepción


Dos años han transcurrido desde que un día me sentaron delante de un señor (por llamarlo de alguna manera) para evaluar algunos aspectos de mi carácter y aptitudes (con “p”) laborales. Recuerdo aquel día como si fuera ayer. Palabras hirientes e injustas salían de su boca mientras callada y cabizbaja escuchaba todo lo que quería decirme. Lo peor de todo fue que procedían de otras fuentes y que él era un pobre transmisor. Lo que hubiera pagado por escucharlo de los labios de la persona que lo pensaba y así ver en su cara la hipocresía y la maldad. Aun así acepté cada una de las evaluaciones que caían como cuchillos afilados en mi espalda con asertividad y buena disposición para mejorar mis habilidades tanto personales como profesionales.

Hace unas semanas, algo parecido sucedió, con la diferencia de que esta vez las valoraciones procedían de alguien a quien quiero y que significa mucho para mi, lo que hizo que el dolor no solo fuera premeditado sino que conllevara alevosía. Como en la anterior ocasión, siempre habla el que más tiene que callar o, en cuyo caso, el que debería abstenerse de decir improperios innecesarios. ¿Qué esta pasando en esta sociedad?, ¿en nuestras familias?, ¿en nuestros círculos de confianza?, ¿de verdad llegaremos a lo que dice Mateo 10:21?

Rabia, impotencia, desolación, incomprensión y, mucho, mucho dolor sentí dentro de mi. Como podía ser posible que uno tras otro los golpes vinieran de la misma persona, como podía ser que la gente este tan ciega ante las realidades que tienen delante, como se puede ser tan egoísta, como se podría estar tan lejos de la percepción de lo correcto e incorrecto, ya no solo por aquella discusión mantenida entre nosotros sino por las actitudes (con “c") que día a día adopta con la gente que lo quiere y que siempre ha sido su apoyo y confianza. Huelo a lo lejos sus ineptas burlas creyendo que es superior a los demás, percibo su ironía en ciertos aspectos de la vida que deberían ser respetados y lo mejor de todo es que soy consciente de la realidad cuando él apenas piensa que vivo en los mundos de
yupi. Que triste es que piensen de ti que, a pesar de la edad que tengas, sigues siendo aquella niña que un día te vio crecer.

Sinceramente estas cosas te hacen aprender, darte cuenta de quién eres y en lo que no quieres convertirte, te hace darte cuenta que deseas ser mejor persona de lo que ves a tu alrededor, y que lo que antes había sido para ti un icono, un ejemplo a seguir, ahora es lo que nunca quieres llegar a convertirte, porque gente así, hay por todo el mundo pero gente que te decepcione por poner tan altas las expectativas de su persona, es algo que no tiene explicación.

Por eso una cosa más he aprendido y la almacenaré en mi archivo histórico para toda la vida: solo hay uno en quien confiar “Porque tú eres mi roca y mi fortaleza, y por amor de tu nombre me conducirás y me guiarás” Salmo 31:3 Todo lo demás como casi todo en la vida, es pura decepción.