martes, 19 de enero de 2010

El milagro de la vida

No me gustan los niños. Bueno, rectifico. No me gustaban los niños.

Siempre he sido partidaria del otro bando: las personas mayores. Que aunque marcan ciertas similitudes con los nanos como el no poder valerse por sí mismos, la fragilidad que tienen o la vulnerabilidad a la que se someten, entre otros, mi gran debilidad han sido las personas de la tercera edad. Aunque mi percepción de los críos ha cambiado, sigo sintiendo lo mismo cada vez que veo un anciano cruzar la calle, pasear por el parque o sufrir en un hospital: compasión. Compasión, amor y, sobre todo, mucha mucha pena. Mi corazón llora y se lastima al ver, imaginar o pensar en ellos y sé que nunca dejará de ser sensible al respecto de este tópico. Pero hoy no es este el asunto protagonista. Hoy tomará toda mi atención él, mi primer sobrino, Alex.

Alex, me cambió la vida. Me cambió el pre-concepto natalicio de que un niño pudiera ser agraciado. Y el lo era. Desde la primera hora que nació lo fue. Guapo muy guapo, alegre y, sobre todo, cariñoso. Al verlo, algo dentro de mi se trasformó pues era sangre de mi sangre, algo que no se puede explicar con palabras, simplemente se puede sentir. No podía creer que ese ser tan pequeño pudiera formar parte de nuestra familia, ya que el bebé más joven que había en la casa era una servidora que nació en el 83 y que tenia ya el colmillo bastante duro. Ahora 25 años después existía un neonato en la familia, el juguete deseado por todos. Dios es grande y misericordioso, nos entregó el primero, pero no el último (de Pablo hablaremos otro día) para formar un equipo de futbol Primos Royito FC, los míos incluidos, pues gracias a esta criatura encendió en mi esa llamita que llaman instinto maternal y que nunca antes había sentido. Llegó, tarde pero llegó el deseo de querer tener pichichis como diría mi buen amigo Dey. Aprovecho para confesar que aunque prefiero una nena eso no será ningún inconveniente para formar parte de la plantilla futbolística, pues demostrado ha quedado.

Ahí estaba él, manifestándome el milagro de la vida que aunque es un hecho muy común, no puedo dejar de asombrarme de cómo Dios hace de un acto tan indecente un ser tan puro. Solo Dios podría crear un ser tan perfecto, con esas manos indefensas, esos ojos cerrados que no podían ver ni la luz, que no podía comer por si mismo, perfecto. Pies, corazón, boca. Perfecto. Es curioso como el hombre puede producir vida trayendo al mundo pequeñas criaturas y ese mismo hombre con el paso del tiempo deteriora a la especie. Y me da miedo, mucho miedo, el mundo al que ha aterrizado. Y no voy muy lejos, me pongo como ejemplo, me veo a mi misma, pues yo hace casi 27 años fui así, pura. Y ahora mis ojos han visto cosas que jamás deberían haber visto, mis manos han hecho cosas que jamás deberían de haber hecho, mis pies han ido a sitios que jamás tenían que haber ido, mis pensamiento se van tan lejos que ya no sé ni donde están. Todo va y viene, y soy de todo menos pura. Todo ha sido estropeado a causa de mi pecado. Pero gracias que hay una esperanza y una ilusión y mi mayor deseo es algún día poder contarle que hay buenas nuevas para él y para todo el que en El crea (Juan 3:15).

Esperanza e ilusión que hace que todo mi ser se llene de gozo y deleite cuando él busca mi compañía con un monosílabo onomatopéyico que debe significar algo así como “tía Silvia es la mejor del mundo”, cuando una sonrisa sale de esos labios puros al verme escondida para buscarme, cuando quiere beber de mi botella de agua “como los mayores”, cuando baila escuchando cualquier sonido musical, cuando estrecha mi mano para conciliar su sueño y se queda dormido transpirando en mi pecho, cuando toquitea mi Mac ¡temblad próxima generación tecnológica que Alex viene ya enseñado!

Tan solo ha pasado un año y medio, no solo ha cambiado mi vida, sino mi perspectiva maternal, mis deseos de estar con él cada viernes, mi necesidad de verlo reír al hacerme muntunet, mi anhelo por comprobar como se hace un hombre, mi sueño de verlo crecer en la fe, mi orgullo, mi sobrino.

martes, 12 de enero de 2010

Le llaman la Isla del Encanto


Era domingo y ese viaje esperado desde hacia más de 4 meses daba comienzo. Tras una larga cola de pasajeros ansiosos por embarcar rumbo a Philadelphia, al llegar mi turno me tope con una señora que de manera un poco picky solo le faltó preguntarme la talla de sujetador que usaba (debido al incidente ocurrido un día antes en Detroit), pero lo que mas me saco de mis casillas fue un “lo siento, usted no puede viajar sin saber el lugar en el que se va a quedar”. Por favor!! soy española, no voy a emigrar a Puerto Rico ni puedo llamar a las 4 de la mañana para que me den la dirección. Llame. No sabéis lo mal que me sentí, pero no había otra opción, todos dormían y nadie cogió el teléfono en el otro lado del Atlántico. Definitivamente, tras unos minutos de angustia mezclada con indignación lo intenté de nuevo y pude hacerme con mis chicas de Berrien que me solucionaron el problema.

Pasado el incidente aeropuertuario ,y tras unas cuantas horas de viaje acompañada de la serie “How i met your mother” y mi inseparable libro del viaje “Mil soles esplendidos” de Khaled Hossein, pude llegar a la Isla del Encanto. A pesar de no llegar mi maleta, allí estaba Liz, ready para unos días de descanso, placer gastronómico y alguna que otra risa. El clima, tropical. Calorcito, pero sin causar estragos, lluvia rebelde pero agradable al proceder de una España marcada por el gran frío polar, no visto desde hacia muchos años.

Sorullos de maiz, arañitas, tostones, mofongo con plátano maduro, bocadillos de pan criollo, mayokeptchup o el helado de maíz, fue algo que me dejó una marca grata e inolvidable, allá donde vaya siempre recordaré, lo bien que comí y los pocos pinos que planté (esto no es ninguna sorpresa). Cada día era todo un mundo por descubrir y cada cosa que probaba más me gustaba, incluso ese lugar remoto llamado Plátano Loco, donde en medio de la jungla pude descubrir, que aquella fruta que apenas podía oler en casa, me gustaba, cocinada, verde, amarillo o como estuviera preparada. Mi madre se sentirá orgullosa de esto o cabreada porque en casa no lo como, ¡vete tu a saber!

Si hay algo que cambiaría de Mayagüez (ciudad en la que me alojaba al oeste de Puerto Rico) fueron sus curvas serpenteantes, que a pesar de que dibujaban un marco encantador y precioso en una selva cada vez mas sorprendente por su paz y tranquilidad , sus consecuencias hicieron estragos en mi estómago y los mareos correspondientes. Un tanto paradójico, pero valió la pena y si no hubiera sido por ello, quizá esa magia silvestre escondida entre la montaña, dificil de acceder pero preciosa, no hubiera existido. Un lugar precioso. Desde Cabo Rojo, Ponce, Arecibo o las irresistibles cuevas de Camuy que no pudimos visitar hasta cada municipio del oeste de este Estado Libre Asociado era un lugar digno de admirar.

La gente del lugar muy amable me trataba, al delatarme mi acento y darse cuenta de que procedía (con ) de España, no tenían rencor por los antiguos colonizadores y con humildad y cierta sonrisa se quedaban maravillados, lanzaban un grasias y felisidades para todo (quizá porque estábamos en navidad), pero a mi no dejaba de sorprenderme que me felicitaran al comprar algo. Puerto Rico me hizo recordar la España de hace 30 años, y no es porque yo llegara a conocerla (aun no soy tan vieja), pero sus edificios, sus vidas, todo lo relacionado con la idiosincrasia del lugar me hizo teletrasportarme a esas imágenes que nunca vivi pero que sí que vi en “Cuéntame como pasó” y todo sigue igual como si no hubiera avanzado mucho desde que los americanos la conquistaran y echaran a patadas a los españoles.

En definitiva, ha sido un viaje, lejos de la civilización, con un déficit tecnológico grave para mi enfermedad adictiva, un lugar para descansar, pensar y analizar, noches cinéfilas, pentecostales chillando como locos, playas paradisíacas y, sobre todo, para darle unos sorbos a la vida, disfrutándola como los frappés brasileños (si, si en Puerto Rico) para chuparse los dedos, o como diria Liz: ¡orgásmicos!

Me gustó el arte boricuo, nuestro perrito Sherlock, el pulguero, su comida, la gente del lugar, la música parrandera, la fabrica Bacardi, El Morro de San Juan.. me enamoró Puerto Rico.