lunes, 27 de febrero de 2017

En busca de un Dios para amar


Corría mayo de 2013, volvía a casa procedente de Nueva York. Esta vez era diferente, pues ya nunca estaría de regreso a la gran manzana, al menos para quedarme. Mi próximo destino sería Miami, lugar actual donde resido. Pasaba por un mal momento, por ello, allí Maya me esperaba con un libro que al leer su título descarté abrir, al menos por un tiempo. En busca de un Dios para amar. Era lo último que quería oír hablar, de Dios y sus monsergas.

Han pasado casi 4 años de ese momento. Despierto con ese sabor amargo e insulso que sientes cuando te das cuenta que tu vida va perdiendo el color que tenía. La rutina de la vida es mala compañera. Busco entre los cajones de mi mesita de noche, donde hay varios libros deseando ser abiertos y que día a día son frutos del olvido. Ahí estaba en busca de cariño, donde lo deje. “Quien siempre guarda, siempre tiene”. - Solía decir mi abuela. Cojo el coche y me marcho lejos, con ansias de recuperar mi identidad buscando de soledad y donde solo se escuche la voz de los árboles o los sermones de las piedras.

Me dispongo a leer.

No soy de ir pregonando sobre mi amor por Dios ni mi actitud devota al mismo. Tampoco soy una mujer común donde sigue los estereotipos marcados por una sociedad eclesiástica predominantemente conservadora. Soy reivindicativa y cuanto más mayor me hago más tozuda y testaruda me convierto en mis convicciones, cada vez más excéntricas. Por ello, o se me ama hasta puntos infinitos o se me aborrece por la misma razón. Pocas son las veces que hay un término medio.

Me cansan las conversaciones chabacanas y aunque no lo parezca, aborrezco la simplicidad de las mismas cuando se convierten en mero compromiso. ¡Despertemos señores, que la vida es más que un hábito insulso y monótono, que las relaciones se crean de momentos que edifican y diálogos que ayudan a sentirse a uno amado y querido! Así que hoy voy a levantar la polémica. Hoy voy a ser critica, como siempre sí, pero esta vez un poquito más si se me permite. Y sino, también. No porque algo haya pasado recientemente, no. Sino porque llevo por mucho tiempo meditando en lo que hoy voy a escribir.

Llevo varios años sentándome en una esquina de un banco de iglesia mientras observo el fervor congregacional con el que cada vez me identifico menos. Sin que sirva de precedente cuento como reseña que nací en la iglesia adventista en un país europeo donde la cultura tiene mucho que decir. También que hace más de 15 años que entregué mi vida a Cristo. Y finalmente, afirmo que mi vida no es perfecta ni mucho menos ejemplo de nada, pues lucho cada día por aferrarme a un Dios que cada vez siento más lejano.

No tengo cargos en la iglesia, porque llevo pendientes. Ni soy digna de subir a un pulpito porque visto pantalones los sábados. Tampoco parece que puedo tener predicaciones pues lo que la gente ve es que mi vida no es un ejemplo para los que los demás consideran una vida entregada. Y pueden que tengan razón. O no. ¿Acaso la tuya lo es, anciano de iglesia, o es que no se ve lo que como diacono haces dentro de tu hogar? Avancemos gente del siglo XXI, aprendamos que vivimos en un mundo globalizado, dónde venimos no solo de varios países del mundo sino de continentes diversos. Aprendamos a tolerar la diferencia cultural, como yo tengo que aceptar los llamados insulsos que hacéis en cada sermón. Llamados donde todo el mundo se levanta y entrega su vida a Dios cuando acto seguidos se convierten en los mayores detractores de la ley los seis días restantes de la semana.  

Dicho esto, tú, querido amigo que te sientas en ese banco cerca de mí, te diré que con esa actitud no ayudas para que pueda creer ni confiar en la iglesia por la que un día me comprometí. Me enfurece enormemente la importancia que le das a las apariencias o al vivir pendiente del que dirán. Debes de saber con qué problemas puedo estar luchando cada día antes de vivir señalándome con el dedo. Que no viva la fe como tú la vives, no quiere decir que no ame a Dios como tú lo amas. Lejos del legalismo, puede que tenga la lengua muy larga o la vergüenza muy corta. No me escondo. No me escondo de ser como soy, porque antes de ser adventista, soy cristiana. Y antes de ser cristiana, soy hija de un Dios que me ama.

Me ama.

Cristiano fariseo que te sientas cada sábado en ese banco, o en otro, ¿puedes decir tú que también me amas? El amor no es tan sencillo de ejercer y mucho menos de manifestar. Y siento decirte que veo mucha oración de rodillas en la iglesia mientras que tras las bambalinas todo se convierte en pura hipocresía. Deberías de medirte con la misma vara con la que mides a la gente que según tu criterio está mal en la vida. Sí, gracias por orar por mí, lo necesito. También yo lo hare por ti, porque quizá tu estés más necesitado que yo.

Es verdad que no me siento cerca de Dios como un día lo estuve, pero de eso se trata, de permanecer y no abandonar como cientos y cientos hacen por gente acusadora como tú. Puede incluso ser, que el día de mañana te creas con la autoridad incluso de borrarme de un libro que solo hombres escriben.  Adelante. Te olvidas que solo Dios quita y solo Dios pone. Solo El. Pues El ve no como el hombre ve, pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón. 1 Samuel 16:7.

Dejo de leer el libro que me acercó un poco más a Dios, más que incluso el sermón de ayer en la iglesia. Curioso. Mientras conduzco ensimismada en mis pensamientos, sé por qué esta es la mejor terapia para meditar. El momento de tener delante un volante y una mirada perdida en el horizonte azul de una mañana de domingo en Miami, es la mejor de las reflexiones.


Como epilogo a este post déspota. Dejo saber a todos aquellos que me leen, que asisto a la iglesia sólo porque quiero enseñar a mi hija la importancia de los valores, la existencia de un Dios incondicional y la imperfección de la iglesia, ya sea esta u otra. La cual nunca, y repito nunca, debe de hundirte hasta tal punto que dejes de creer en aquel que un día creíste. Mi pequeña Carmen, supongo que en algún momento te sentirás como yo ahora, en busca de un Dios para amar. Espero que para ese entonces no te dejes llevar por el que dirán y hagas como tu madre, fija tus ojos en Cristo. Y en nadie más. Es el único que nunca te fallara.

miércoles, 22 de junio de 2016

Nací para complacer


Nací para complacer y lo que nunca me contaron es que puedes morir en el intento.

Muerta. Fría. Afligida. Engañada. Y muy decepcionada. Mucho. Cansada de un mundo que maltrata con sus exigencias y que, a cambio, es muy poco dadivoso. El mundo o, ¿hablaría más adecuadamente si dijera, la gente de este mundo?

Por miedo a abrir heridas de los que más quería siempre tuve que silenciar mis deseos. He navegado por esta vida entre curvas sin señalizar quedando arrasados, como consecuencia, aquellos sueños y anhelos que un día me hicieron sentir viva. Luché contra viento y marea, intentando la ardua tarea de conciliar un carácter luchador y reivindicativo con la necesidad de complacer a los de mi alrededor.

Mala combinación.

Nací siendo la última de una familia que pasó por dificultades, como todas. Mi niñez, no fue el mejor recuerdo de mi corta vida, pero tampoco puedo lamentarme por haber tenido que madurar antes de lo que me hubiera gustado. Entre otras razones, porque me gusta ser como soy. Nací a la sombra de los que siempre me eclipsaban con la excusa de la longevidad. No solo fui la última sino también la pequeña. Pequeña y última. Última y pequeña. Qué más da. A estos dos atributos hay que añadir el cinismo de genero de la sociedad en la que vivimos. Sí, nací hembra. A que mala hora. No solo como objetivo de sustituir a la que nunca conocí bajo la penumbra de sus recuerdos. No solo eso, sino que además mujer con la sensibilidad que ello implica. Odio tener sentimientos. Desearía, cual autómata por la vida, caminar diariamente con mi mejor sonrisa. Sonrisa rebosante de hipocresía mientras miro a los ojos a aquellos que dicen ser mis parientes mientras confiesan erróneamente quererme.

Pero yo no soy así, rápida en aprendizaje, doy gracias a mis mentores que me enseñaron cada día a reforzar mis armas con la coraza de la apatía, que crece a marchas forzadas por todo mi ser. Y es que, para sobrevivir en esta escoria de planeta Tierra, hay que regar continuamente con lagrimas de agua salada el escudo que protege el corazón, para que crezca y se haga cada vez más suspicaz e indiferente, ayudándote así a no fiarse ni de uno mismo.

Aprendí a que me dieran igual las cosas, pero no lo conseguí. Aprendí a mirar a los demás como un ejemplo a seguir, siendo ese mi mayor error. Aprendí a crecer emocionalmente con la satisfacción de generar felicidad a los demás, sin saber que tenia que haber empezado conmigo misma. Aprendí que puedes hoy darlo todo por alguien, y mañana eres un completo desconocido. Aprendí a ser independiente, a apartarme de los demás, a marcharme de mi país, a alejarme de las personas que más quería. Aprendí a no creer en nada ni nadie. Es más, ya creo más en el Cielo por aproximación, que por la Fe en sí misma.

El famoso genio y figura hasta la sepultura, es un tópico para otros. Habéis enterrado en vida el líder que llevaba dentro. Habéis acabado con mi personalidad, que aunque fuerte e independiente, no era invencible. Habéis acabado con mi felicidad y esperanza. Os comportáis cual ratas que huyen de entre los escombros en busca de construir vidas arrasadas al azar, llenas de mentira y codicia. Es hora de cambiar, es tiempo de respetar a esta servidora. Ahora es mi turno. Ahora soy yo la que merece años de soledad para aprender de nuevo a confiar, salir de mi gélida cueva y, por supuesto, esperando respeto y comprensión.

Nací para complacer y es hoy, después de mas de treinta años, que aprendí que no siempre llueve a gusto de todos. Que hoy dejo de ser quien era para caminar descalza por las ruinas de esta astuta Babilonia. No toquéis mi corazón, no lo molestéis nunca jamás. No tenéis el permiso ni el consentimiento.

Pero como mi conciencia tiene más peso que la opinión de todo el mundo, hoy y ahora es el momento de hacer un alto en el camino. Me rindo en silencio, mientras me retiro con sigilo.

Ya no soy la pequeña, ni la última, ni una mujer, ni la segundona. Soy una persona adulta, con su vida propia, su joven familia y su independencia inquebrantable. Vive y deja vivir. 

Ya no estoy para complacer a nadie.

Y a quien no le guste, ahí tiene la puerta. Pues yo, ya estoy muerta.

lunes, 20 de julio de 2015

Y entonces llegó Carmen

Ella me dijo que quería volver a leerme. El me inspiró con una foto para saber sobre qué escribir. Hoy, el lápiz volvió a tomar vida. 



Miami, Domingo 19 de Julio de 2015

Hola Yaya, 

Supongo que estarás dormidita, muy tranquila y con la paz que siempre tu rostro desprendía. Ahora con mayor razón, me gustaría verte por un agujerito mientras descansas, y hasta en algunas ocasiones te confieso que me gustaría poder hacerte compañía. Estoy aqui para contarte algo muy especial: vas a ser la yaya vieja de tu quinto bisnieto. Bueno, mejor dicho bisnieta. O eso nos han dicho.

Sé que no es la ilusión del primero, pero yo tampoco lo fui y tengo constancia absoluta que me quisiste como al primero o más si es que cabe. Por lo que de nuevo me dirijo a contarte mis más íntimos pensamientos. Ojala estuvieras aquí para podértelos narrar en persona, pero esta vez, y como viene siendo habitual desde hace mas de diez años, lo haré en mi máximo silencio disfrazado de letras frías en un blog que es leído en todo el mundo. Y es que, aunque no sabes lo que es internet y aunque siempre has querido pasar desapercibida, eres una persona conocida en las redes sociales, en mis redes de amigos, que no son pocos. 

Carmen. 

Que precioso nombre. Ese nombre que llevo tatuado en mi corazón y siempre cuelga de una esclava de oro en mi muñeca derecha. Ese nombre que desapareció de mi vida hace exactamente doce veranos y que no pasa ni un solo día sin que mis entrañas lloren por la ausencia de los cuidados que proporcionabas. Hoy, después de tantas noches en vela y lagrimas derramadas recordándote, sigo pronunciando con mis labios ese nombre sin que, esporádicamente y de manera fortuita, alguna nueva emoción resurja en mi alma. Tu nombre. Cada vez que alguien lo entona suena como música para mis oídos.  Ese nombre que será personificado de nuevo en un pequeño milagro que correteará por la casa a partir del 2016 en honor a la persona más maravillosa que jamás ha pasado por mi vida. Con anhelo desearía que estuvieras aquí solo para comprobar como se te hincha el corazón de orgullo y satisfacción. Y es que es por ti y para ti, este precioso regalo divino que Dios nos ha podido ofrecer.

En tu honor.

Heredera de tu legado, eso es lo que quiero para ella. Tu ejemplo como persona, tu integridad, tu humildad, tu continencia. Ojala fuera capaz de enseñarle una sola parte de las cosas que a mi enseñaste. La más valiosa y la que menos dispongo, dominio propio. Yaya, tu dominio propio. Tu sobriedad y serenidad ante los problemas de la vida. Ante las injusticias. Eso que me cuesta tanto controlar y que continuamente me culpo cuando se desvanece una templanza que en tantas ocasiones brilla por su ausencia. Y es que las personas, las situaciones, la época en la que vivimos están corruptas y muchas veces no ayudan. Sin embargo, le hablaré cual historia infantil se tratara de las cosas maravillosas que hacia una señora mayor con su nieta cada tarde. Le permitiré que pueda experimentar el amor incondicional categorizado como el amor de abuelos. Le contaré de donde viene su nombre y por qué su mamá siempre buscaba el regazo de su yaya cuando estaba triste, pues era ahí el único lugar donde su paz era encontrada. Y es que, cada casa, necesita una yaya en ella. Porque yo tenia una madre, una maestra y una abuela disfrazada de una amiga. 

Te echo de menos, una vez más y sobre todo, en momentos como este. ¿Dónde te encuentras cuando mi vida se parte en silencio preguntando por ti?, ¿cuándo el frio de tu ausencia me cala por los huesos en un profundo silencio que me aleja de ti?  El sol se apagó, la luna dejó de existir. Ya han pasado muchas noches desesperadas suplicando que volvieras a mi. Sentimientos agridulces disfrazados de una felicidad real y esperanzada por presentarte mis retoños cuando estemos en el cielo, si es que allí nos vemos. O quizá junto a la ribera hermosa del rio, como dice la canción, quien sabe. 

Apenas estoy encinta (como dirías tu) de 15 semanas y la mayoría del tiempo me siento ajena de la realidad de que una segunda vida esta creciendo dentro de mi. Sólo mis momentos de lucidez o de contemplación absoluta me doy cuenta de lo grande que está pasando en mi vida.  Y es que, el hecho de ser madre es algo grande que no se puede describir incluso cuando técnicamente todavía no lo eres. Incongruencias de la vida que se convierten en realidades existenciales. A nadie le enseñan a ser mamá, ni a hacer las cosas de la manera correcta, pues al final del camino hasta la verdad en ocasiones es relativa. Solo espero que con la ayuda de Dios y con tu patrón de comportamiento real en mi niñez, pueda saber como encomendar a la que será mi primogénita y los que vendrán.

Educar a una mujer virtuosa, porque su estima sobrepasara largamente a la de las piedras preciosas (Prov. 31:10), ¡que gran encomienda! No se si seré capaz, a veces me vienen las ganas de salir corriendo. Me siento perdida. Mi único sueño es que estuvieras aquí para ayudarme y para, sobre todo, disfrutar de estos momentos, que desde tu sillón observarías con una sonrisa que llenaría de paz mi corazón.


Hasta entonces, un beso en la frente, como siempre. 

sábado, 18 de abril de 2015

Soledad


Cada mañana se despertaba con propósitos varios. Llegaba a la escuela de negocios donde estudiaba y antes de entrar en clase recogía los periódicos que en la puerta le esperaban, uno de economía y el de turno que elegía en función del partido político al que apostara. Nunca tuvo su fuerte en política por lo que iba alternando según lo que decía la portada cada día. Mientras esperaba que la clase comenzara leía las noticias, pues le gustaba saber como estaba el mundo que la envolvía. Le gustaba estudiar, siempre le había gustado formarse  e ir a clase para prepararse y ser grande en un futuro. Responsable y trabajadora, así la definían.
El día pasaba sin novedad, solo esperaba que continuara para poder hacer todo aquello que le gustaba, poner en marcha sus hobbies que pacientemente esperaban. Dar un paseo con su perro a la caída de la tarde para encontrarse con su Dios, jugar a futbol cada noche con el equipo al que pertenecía,  leer en su sillón rojo la novela de turno, salir al cine con los amigos, visitar la casa de su hermano para cenar o simplemente estudiar algo, para llevar al día las tareas universitarias.
Hace muchos años de eso ya.
Se encuentra volando a tierra extraña y sentada en su asiento mientras mira por la ventana se da cuenta de cuánto la vida le ha cambiado en apenas unos años. Piensa con melancolía que ya no hace nada de deporte (menos todavía juega a futbol, su gran pasión), ya no lee las noticias ni aún estando tan lejos de su ciudad natal, apenas habla con Dios, lo siente lejano y distante. Dice no tener tiempo para todo eso.
“Ya no tengo vida, ni ocio, ni tiempo para mi”. – Se dice para sus adentros. “Ahora solo trabajo y trabajo y, en cierto modo, aunque me hace feliz lo que hago, no tengo vida”. Continua divagando mientras sobrevuela varias islas del sur del Caribe. “Ya no salgo a pasear ni disfruto de mi soledad”.
Soledad. Esa palabra que tanto odias cuando es imperativa y, a su vez, tanto anhelas cuando por voluntad propia la buscas.
Es una persona que le gusta  analizar las circunstancias de la vida, diligentemente se acomoda en el asiento y con determinación y dureza se regaña para sus adentros. “La sociedad del dinero te esta absorbiendo, no paras para recapacitar y poco a poco te estas consumiendo”. Es cierto que había perdido algún kilo más, que comía y dormía poco y mal, que se sentía débil de salud. Los dolores de cabeza eran continuos, la espalda no la dejaba acomodarse por las noches y que el nivel de estrés al que estaba sometida era devastador.
Soledad. Echaba de menos, sus dosis de soledad intencionada.
Últimamente habitaba más en un avión que en su hogar.  Las millas se habían vuelto sus compañeras y mientras el vuelo estaba a punto de tocar tierra se hace una promesa: parar el ritmo. Independientemente de que su historia ha cambiado, que ella ha cambiado, que ya no ve la vida como hace años la veía, que la relativización se ha convertido en una constante cada vez mayor en su visión de las cosas, se da cuenta que es feliz.
Feliz.  Y dejarme deciros amigos míos que encontrar la felicidad no es sencillo.
Ha encontrado su lugar, su gente que la quiere, su propósito. Se conoce a la perfección, ella misma más que nadie sabe lo que quiere y lo que busca. Y lo ha encontrado. Hace años tenia todo lo que ahora echa de menos y no se sentía llena. Sin embargo y sin saber la razón, ahora cada mañana se levanta con fuerza, impulso y motivación elevada a la máxima potencia a pesar de que necesita un cambio. Incongruencias de la vida, paradojas sin explicación.

Quizá si haya una explicación, pero ella simplemente la evidencie. Muy suya, siempre lo fue, misteriosa, intima consigo mismo,  mujer que reserva sus tesoros para que nadie los pueda sabotear. Una joven fuerte, luchadora e independiente. Muy independiente. Repelente de sentirse metida en una jaula, carente de dar explicación alguna, alma libre y rebelde, antagonista de la ley. Eso es lo que le falta. Le falta sentirse de nuevo propia de si misma. Se siente observada, cohibida y muy controlada. Quiere menos compartir y más reservar. Profundiza y manifiesta que nadie es merecedor del conocimiento de su interior. Muy suya. Muy fan del tiempo de calidad. Tiempo para ella y para nadie más. Tan hombre en muchas ocasiones, loca por la búsqueda de su cueva. Una cueva donde quiere correr para no volver, anhelando encontrar un momento de eso que llaman soledad.